Poesía e Introspección:

nuevos mitos para la sensibilidad contempòránea

 

Intentar definir la poesía es algo así como tratar de cazar mariposas con un rifle de repetición. O atrapar una gota de agua con un colador. La poesía se escapa por las ranuras de la definición: la trasciende, va más lejos, expandiéndose más allá de las redes del concepto. Sin embargo, con todas las precauciones, creo que algo puede decirse de la poesía, aunque convenga tomarlo más en sentido figurado que literal.

Intuyo que la poesía es ante todo una exploración, una búsqueda. Eso significa que lo que pretende alcanzar nunca se ofrece del todo, porque su naturaleza consiste en mostrarse tan sólo parcialmente, en claroscuro. La escritura de un poema es una aventura en la que nos internamos dentro de nosotros mismos. En ese sentido tiene mucho de submarinismo de la mente. Se trata de sumergirse en las aguas más profundas de nuestra interioridad. Iluminar las zonas abisales, esos resortes de la imaginación y la emoción que en la vida diaria solemos mantener adormecidos, en letargo.

Escribir un poema es acudir al rescate de nuestra cara oculta. Al otro lado de la civilizada racionalidad que solemos mostrar -tanto en público como ante nosotros mismos- laten regiones pantanosas repletas de sorpresas. Por desgracia, vivimos en una época deshumanizada. Hemos dejado atrás los viejos mitos para abrazar el mito de la ciencia y la tecnología. La eficacia, la utilidad, el éxito, la rentabilidad económica son los dioses de nuestro tiempo. Vivimos para pagar facturas, hacer gestiones, calcular datos... Mientras tanto, apenas nos concedemos un minuto para estar a solas, tratar de comprendernos en lo más hondo, escuchar las diversas voces que laten en nosotros. Tenemos demasiada prisa y nuestras fantasías y emociones permanecen proscritas, condenadas al silencio.

Hoy más que nunca necesitamos nuevos mitos en los que reconocernos, constelaciones simbólicas que pongan en escena, extraigan a la luz de la conciencia nuestra fracturada identidad. Los mitos del hombre contemporáneo, nacidos de nuestro amordazado ser profundo, capaces de liberar las voces que habitan nuestros sueños, nuestra pluralidad interior. Sospecho que a la poesía incumbe la tarea de despertar al lector a su propia interioridad. Al leer un poema se detiene el tiempo de los relojes y nos sumergimos en otro tiempo psicológico: un tiempo mítico, un espacio de libertad para el espíritu. Allí es donde caen los velos de las apariencias sociales, los mecánicos gestos que nos impone la costumbre. La poesía nos humaniza, despierta estratos de conciencia, libera al maniatado yo que llevamos dentro.

Ese despertar de la intimidad se manifiesta como un hallazgo, una revelación de fantasmas interiores que hasta entonces nuestra miope conciencia racional desconocía. Con esto quiero decir que un poema es capaz de conmovernos tan sólo si intuímos que en él habita una verdad. Ya en el siglo II Elio Theon sostenía que los mitos eran ficciones que decían una verdad. Creo que un poema es eso: una ficción, una construcción de palabras, que sin embargo representan, ponen en escena, una profunda verdad interior. En un poema hay arte, sí (destreza, composición, sabiduría de artista), pero si la escena a la que dan vida sus versos no le dolía en lo más hondo al poeta difícilmente podrá con-movernos en lo hondo, esto es, agitarnos por dentro, despertar una emoción dormida. Poesía y verdad: una alianza ineludible.

Sin embargo, esa verdad que oculta/desvela el poema es de una naturaleza personalísima, peculiar, que tan sólo corresponde a la poesía. Me refiero a que el género poético tiene una diferencia específica, de naturaleza y no de grado, respecto a otros géneros. En definitiva, sostengo que todo aquello que puede expresarse bien en prosa debe expresarse en prosa. O en otras palabras, la prosa versificada no contiene en realidad poesía alguna. No se trata de mostrar en verso lo mismo que podríamos haber escrito en prosa y adornarlo con todo el aparataje retórico tradicional. Nada tiene que ver la poesía con la decoración, el mero ornamento, lo “bonito”, lo “sentimental”. 

Lo cierto es que el poeta ahonda en regiones diferentes a las del ensayista, el narrador o el columnista periodístico. Su territorio es el de lo inefable. La poesía es aquel género literario que expresa aquello que es imposible expresar mediante el lenguaje común. Dice aquello que, en rigor, no se puede decir. Su naturaleza reside en cercar el misterio, abordarlo oblicuamente, de través, para que escenifique, siquiera en claroscuro, una verdad que de ningún otro modo puede mostrársenos. La verdad de nosotros mismos, los secretos que permanecen ignorados en nuestro interior.

Quizá por eso el poeta se caracteriza por aguzar a fondo el oído al batir de  las alas de su imaginación. Alas que se internan en la intimidad para rescatar un puñado de imágenes simbólicas. La realidad que se convoca así sobre la página es sin duda una realidad psicológica. ¿Pero acaso nos es dado conocer otra “realidad” que la que es capaz de experimentar un ser humano?

Percepción e imaginación son aquí dos vertientes de un mismo proceso. La mirada imagina y la imaginación percibe: he aquí unos versos, la huella de una vivencia reveladora. Sospecho que un poema expresa, manifiesta en el lenguaje, los misterios que nos habitan. Misterios que los conceptos, las sesudas definiciones, no pueden comprender ni mucho menos expresar. ¿Definir la poesía? Mejor escuchemos la voz que late en un poema.

 

 

Mapa Poético: Encuentro de Poesía Joven, Junio de 2003

 

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