Horizonte o Frontera

Horizonte o frontera

 Hiperión, Madrid, 2003  

◄◄volver || anterior | | siguiente

HABITACIÓN 215

 

La habitación 215

da a un vasto territorio sin fronteras.

Quién lo iba a decir, con esos cuadros

tan fúnebres que manchan las paredes,

arrugas en la cama, el polvo y esa luz

hostil, de sanatorio, cegadora.

Y sin embargo entramos y de pronto,

en virtud de qué magia yo no sé,

los reducidos límites del cuarto

se desplazan, rebosan, van más lejos,

qué alegría, qué sol, qué hábito de espumas:

el joven funcionario que se afeita, dispuesto a incorporarse a su destino,

los niños que se asoman al balcón, temblando de impaciencia: los bañadores puestos y el mar en la mirada,

dos ancianos se dan las buenas noches con ternura sencilla y con verdad,

los jóvenes amantes que desnudan en su propio temblor el eco de otra piel,

el viajante que insomne repasa la jornada: cuando cierra los ojos puede entrar a hurtadillas al cuarto de sus hijos, vela su sueño en plena soledad...

Todo ocurre a la vez, todo convoca,

afán, gesto, designio y fiebre súbita,

nos hermana en un tiempo simultáneo:

la dicha de ser hombre entre los hombres,

entre la muchedumbre una mirada,

respirando la vida en este cuarto,

entre los blancos muros abatidos,

más allá de la puerta y el letrero:

habitación 215.

 

 

LA LLUVIA

 

También la lluvia cede al desaliento,

se demora en sí misma, se derrumba

en bautismo, moja tus labios, huele

a patio de colegio o la ternura

de sábanas recién planchadas

que palpitan.

 

Feliz el que regresa a su casa despacio,

distraído, a lo suyo, ni triste ni contento,

cuando una lluvia amiga le despierta de pronto

voces perdidas, gestos que el olvido

avariento atesora.

 

                           Y le moja los labios,

le limpia de tinieblas la mirada,

una ola muy honda le sube por las venas,

le deposita en brazos de una nube

y queda en paz con todos

y dice sí a la vida.

 

 

SUEÑO CON CUCHILLOS

 

Camino por un bosque de cuchillos.

Sus mangos enterrados

levantan la amenaza del acero.

Avanzo con cautela, sin saber

adónde me dirijo. El aire borra

a mi espalda mi rastro, lo confunde.

Al eco de mis pasos

se vuelven los cuchillos hacia mí,

girasoles de sombra agazapada...

 

Despierto. Abro los ojos:

el vaso en la mesilla, tu cuerpo junto al mío,

la casa en calma. Es el amanecer.

Vuelvo a cerrar los ojos, miro adentro:

 

Un bosque de cuchillos me contempla.

No es el bosque del sueño. Tiene una luz más honda

y conoce mi nombre y su penumbra.

Sus filos brotan hacia mí, el clamor

del acero:

 

                la angustia de los días

transcurridos a ciegas por un túnel

en la lenta tortura del reloj,

el pavor de las noches

aguardando el gemido de un teléfono:

noticias de una vida

suspendida entre luz y oscuridad.

 

Y de pronto el silencio.

Se reflejan mis ojos en sus hojas.

Suena el teléfono:

                           Saltan

sobre mí.

 

 

SPLEEN

 

A menudo equivoco el autobús,

cruzo a destiempo, bajo la escalera

que debiera subir, vacilo, voy

hilando incoherencia con la ciega

obcecación del triste que desliza

su ronco despertar a medianoche,

su tímida esperanza sin consuelo,

su billete borroso hacia otra parte;

y no es que los espejos se me rompan

al mirarlos de frente, ni que el tráfico

taladre este tesón con que persisto,

los afanes que finjo en un alarde

de acróbata que traza en el vacío

su torpe pirueta, yo no sé

si me explico, lo cierto es que tampoco

reconozco si voy o si regreso,

si parto el pan o tomo mi jarabe,

la tos que desayuno cada día,

es todo tan confuso, es tan difícil

decir que sí, que no, que todo lo contrario,

ganarle por la mano al día su confianza,

por eso mi bufanda me parece

la soga de un ahorcado y es así

como anudo mi lastre inconsolable,

derrocando la risa de los niños

con astucia de ingenuo derrotado,

aspirando a la tierra y al reposo,

prisionero de mí, ya sin ficciones.

 

 

INTRUSO

 

Desnudo en el silencio de la noche

intento conciliar el sueño. Escucho

el vaivén de la sangre en mis latidos,

el vaivén de las olas en mi respiración.

Encogido en la orilla de la cama

contemplo una pared con ojos ciegos;

dígitos luminosos rasgan la oscuridad.

 

Y de pronto el silencio y más allá,

en plena soledad, una presencia:

hay algo en la otra orilla de la cama,

hay algo que respira. Escucho, ronco,

el vaivén de las llamas en sus labios,

el vaivén de las sombras en su respiración.

 

Quizá si me volviera aún encontraría

las sábanas calientes. Pero el miedo

me tiene en su poder. Siento a mi espalda

una densa tiniebla, un hueco que respira.

Y permanezco inmóvil mientras duerme.

Y permanezco insomne, no vaya a despertar.

 

 

DESHABITADO

 

Triste destino el del deshabitado:

camina entre la gente inadvertido,

se refugia en su prisa y su tarea,

su camisa planchada, el gesto anónimo

con el que se decide ya a cruzar,

el camino está libre, no hay peligro,

y persiste no obstante en plena calle,

se le congela el gesto en instantánea,

recluido en sí mismo, detenido

a la orilla de todo, en su silencio

mira sin comprender, avanza el paso,

siente hasta las raíces el vacío,

un boquete en el pecho como un túnel

que da a la oscuridad.

 

 

LAS PUERTAS

 

Al fondo de mí mismo hay cuatro puertas.

Desciendo por el pozo hacia los hondos

canales que me surcan. Pecho adentro

cruzo la oscuridad a ciegas. Voy

palpando las paredes. Ahora el aire

es más puro. Vislumbro el resplandor:

 

la puerta del jardín de los deseos,

la puerta del instante prodigioso,

la puerta de la infancia recobrada.

 

Huele a ausencia de pronto un viento frío.

Siento a mi espalda un hueco impenetrable:

por las hondas rendijas de tinieblas

mana un silencio atroz. Detengo el paso.

 

Mientras florezcan firmes mis deseos

y me aguarde el instante y el prodigio

y la luz en los patios de la infancia,

no cruzaré el umbral, la cuarta puerta,

no pisaré esa nada imponderable.