Ángel Vivas, Septiembre de 1998

 

poética

Cuadro de texto: entrevistas

El poema tiene la obligación de conmovernos”

MUFACE

 

Profesor de Filosofía, especialista en Estética, Eduardo García se ha convertido con dos libros en una de las voces importantes de la joven poesía española. En 1995 publicó Las cartas marcadas, y el año pasado No se trata de un juego, que obtuvo los premios Juan Ramón Jiménez y Ojo Crítico. Entre el realismo y la búsqueda en el otro lado de la realidad, Eduardo García ofrece una atractiva propuesta poética.

 

  - Su segundo libro muestra un cambio evidente con respecto al primero, que era más narrativo.

 

  No es que haya renunciado a contar historias ni a emplear un lenguaje accesible. Lo que pasa es que las historias que cuento han adquirido una dimensión mítica, una atmósfera mágica bastante alejada del estricto realismo de Las cartas marcadas. Cuando terminé mi primer libro sentí la necesidad de explorar nuevos territorios. Me propuse cruzar la frontera de lo considerado real, ahondar en mi imaginación para rescatar mis fantasías más ocultas. He conservado la apariencia realista, pues no me interesa dar el tostón a los lectores. Sin embargo, creo que la poesía no puede renunciar a su capacidad de invocar los sueños, las visiones, en definitiva, nuestra vertiente irracional. La vanguardia lo hacía sometiendo a una fuerte tensión al lenguaje mismo. Yo prefiero comunicarle al lector escenas verosímiles, que pueda reconocer, pero deslizándole imperceptiblemente en la ensoñación. Me gusta que el prodigio estalle en plena realidad para que sea más hondo, más vivo su efecto poético.


  - ¿En esa dialéctia entre lo real y lo onírico y fantástico estaría su poética?

 

  Para mí la poesía es un arte capaz de generar mito, es decir, de despertar al lector de la rutina diaria para hacerle asomarse a la porción de infierno y paraíso que se oculta detrás de los hechos y las cosas comunes. En No se trata de un juego me proponía conducir al lector al otro lado de la realidad. Si cuento breves historias es siempre para trascenderlas en una experiencia interior. Al fin y al cabo un poema tiene ante todo la obligación de conmovernos. Por eso mis poemas suelen suceder en una ciudad cualquiera o una casa cualquiera... que precisamente por eso es un territorio mítico, donde todo es posible. Me gusta crear atmósferas sugerentes para que el lector al cerrar el libro tenga la sensación de haber viajado por regiones desconocidas. Y nunca, nunca, descuidar la emoción.


  - Desde luego, No se trata de un juego no se parece a nada de lo que se está haciendo. ¿Cómo se ve a sí mismo dentro de la poesía reciente?

 

  Creo en la individualidad del artista. Cuando un poeta se enfrenta a la página en blanco está absolutamente solo. Ninguna etiqueta clasificatoria salva a un mal poema. He tratado de explorar a fondo, en solitario. Me alegra mucho que mi libro no suene a otro-libro-más. Precisamente eso me proponía al escribirlo. Como decía Juan Rulfo de su propia obra, he tratado de escribir ese libro que faltaba en mi biblioteca.


  - Tras esa evolución ¿adónde se dirige, en qué está trabajando ahora?

 

    Es muy pronto para hablar del futuro. Pienso que un poeta no escribe tanto lo que se propone como lo que su intuición le va dictando. Por el momento parece que la veta de No se trata de un juego no se ha agotado todavía. Sigue siendo ilusionante para mí indagar en mi interior con este procedimiento a la vez fantástico y realista. No obstante, siempre me he permitido escribir en varios registros. De hecho, ya van asomando en mis versos otras voces. Ya veremos adonde me conducen. La escritura poética es una aventura en la que el poeta es el primero en verse sorprendido por los descubrimientos que le van brotando. Afortunadamente para mí, no sabría contestar con exactitud a la pregunta.


  - Prefiero estar aquí... quedarme en el poema”, ha escrito. ¿Es el poema un territorio más confortable que la vida? ¿Cómo ve las relaciones vida-literatura?

 

    Los libros que sólo se nutren de otros libros nacen muertos. El poeta dialoga siempre con otros muchos poetas que le precedieron. Pero debe además dialogar con la vida, ser un fragmento palpitante de vida, si quiere emocionar. La escritura poética es una labor titánica, agotadora, interferida por desesperantes bloqueos. Yo no diría que es un lugar confortable para el poeta. Sin embargo, el hallazgo repentino, la emoción del descubrimiento, hacen que valga la pena esta pasión que, por otra parte, no se elige. Se escribe ante todo porque no se puede evitar. Es una necesidad. Lo que sí pienso es que el poema ya terminado debe ser habitable para el lector. Desde luego, mucho más que la vida, pues la poesía expresa en buena medida la cara oculta de nosotros mismos, el mundo de nuestros sueños e ilusiones, una región donde nuestra sentimentalidad y nuestras fantasías se encuentran a sus anchas.


  - También ha escrito “Que la música no ahogue el sonsonete de la lluvia”. ¿Qué vale más, la música, la elaboración, o la lluvia, la música de la calle, de la vida?

 

  - Ambas cosas, el conocimiento y la destreza en el oficio, así como la experiencia personal hondamente vivenciada, son imprescindibles. Una deficiencia en una u otra vertiente son letales para el poema, que consiste en un simulacro de vida que para emocionar profundamente al lector no puede ser meramente espontáneo, sino emplear los medios adecuados. No basta ser sincero, narrar la vida que pasa a nuestro lado. Pero tampoco podrá nunca un mero ejercicio literario hacer brotar la llama de la emoción.


  - ¿Cómo ve el futuro de la poesía, siempre amenazada de muerte y siempre superviviente?

  Creo que su futuro es muy prometedor. Según dependemos cada vez más de la tecnología y su mentalidad pragmática, que entroniza el dinero como máximo valor, según la oferta de la industria cultural se hace cada vez más superficial y niveladora a la baja, según crece el individualismo y la incomunicación... más necesaria se revela la poesía. El hombre contemporáneo no puede negar su sentimentalidad. Necesita ámbitos donde explayar su vertiente irracional. La poesía es un arte privilegiado para despertar esas emociones tan necesarias para el ser humano como el aire que respira. Leer poesía nos humaniza. Un buen poema nos despierta una emoción en la que nos reconocemos en nuestro fuero interno. Ese yo profundo al que la sociedad tecnocrática se empeña inútilmente en domesticar pero que nos acompaña adonde quiera que vamos.


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