Poesía, ese oscuro objeto de deseo

 

 

           Cualquiera que se acerque de puntillas al misterio de la poesía e irrumpa sigiloso en los brumosos recintos donde la inspitación hace de las suyas reconocerá ese fragor dichoso que queda entre las cosas, esa cortina que se agita mecida por el viento, esa íntima convicción, flotando en el espacio, de que en definitiva algo de minuciosamente sutil y revelador y delicado acaba de suceder. La poesía ha sobrevenido, nos visitaron las alas del deseo, rebasamos los límites de la vida organizada, administrada, productiva.  Quizá regresemos después a nuestra ciudadana resignación de paseantes con rumbo fijo, sujetos a calendario, plazos, prestaciones. Poco importa que al cabo de unos minutos volvamos a pensar en las tareas cotidianas. El hecho decisivo es que la poesía se ha apoderado de nosotros, se han abierto las puertas de la interioridad, hemos podido escuchar una vez más algún eco de las voces que nos pueblan. Esa experiencia única nos deja enriquecidos de nosotros mismos, más completos, instalados en nosotros, próximos a la fuente de la identidad.

           Si la poesía es una vocación capaz de enfilar nuestro deseo directo al horizonte, si pocos logran dejarla después de descubrir su esporádico goce, es porque responde a una honda necesidad humana. De sus visitas guardamos un olor a emoción entrevista o sospechada, a escena rescatada en la memoria, a fuego compartido. Un aliento de vida que inflama nuestras mínimas acciones, dotándolas de resplandor, trasfondo emocional, enérgicos vuelcos de la intimidad.

           Nadie puede definir con rígidos conceptos lo que sucede en ese espacio interior, la conmoción vital que desborda los cauces. Pero si tan honda es la vibración que nos deja entre los labios es porque hemos gozado por unos instantes el don de presenciar un fenómeno de brusco, vivaz reconocimiento. Como si un espejo brotase de la nada para confiarnos un perfil desde el que nunca pudimos contemplarnos. Ahí estamos nosotros, un jirón de identidad buscándose a sí mismo, una revelación en claroscuro de ese mundo secreto que reposa adormecido. Entonces es difícil enfocar el zoom al centro de la diana, localizar los puntos neurálgicos del deseo, alcanzar nitidez en la representación. Un reguero de imágenes simbólicas se nos quedaron enredadas al corazón, gritando su derecho a ser, a habitar entre los hombres. Es tarea del poeta rescatar ese puñado de imágenes reveladoras, dar testimonio de esa otra vida que alienta bajo los gestos vacíos que nos tiende la costumbre.

           Somos a un tiempo las dos caras del espejo. Al poeta le es dado, siquiera fugazmente, vislumbrar la vertiente oculta del yo, la pulsión que toma la palabra. Poner en escena los sugerentes espacios de la imaginación simbólica, tal es su destino. De ahí la capacidad de la poesía para interpelarnos, dejarnos perplejos frente al precipicio, sorprendidos de cuanto -en virtud del arte- encontramos de insólito en nosotros mismos. Su función reside en despertar al hombre de la narcosis que le impone una sociedad que rinde culto a la eficacia del mercado. Un sujeto cuya vida se reduce a intercambio de mercancías, vaciado de sí, psíquicamente en estado vegetativo, programado hasta en las más humildes acciones, sometido en todo momento a las imperiosas exigencias del pensamiento práctico, productivo.

           No es de extrañar que el poder reduzca con frecuencia la poesía a entretenimiento inocuo, lujo para clases medias cultivadas, valor de cambio, simulacro de sí. Cuando la poesía se convierte en inofensiva abandona su ser, degenera en máscara sin resplandor. Si el poema canta a la normalidad sin chispa, al sucederse de gestos eficaces, ha perdido el rumbo. Deja de ser una audaz exploradora de los espacios interiores, renuncia al resplandor simbólico, para desvirtuarse en sumisa productora de mensajes desactivados, dispuestos para el consumo. Cuanto más se aproxima al gran público, procurando su favor, su reconocimiento, más pierde su capacidad subversiva, su naturaleza insurgente.

           Queda entonces tan sólo una retórica simulación del misterio original, reducido a producto prêt-a-porter, objeto a consumir sin consecuencias, frente al cual bien puede sentirse reconfortado en su pseudo-identidad de consumidor el hombre-masa, el integrado en la lógica deshumanizadora del mercado, el que asume servil el sacrificio de su interioridad. El esteticismo vacío (vano juego de lenguaje) y el realismo plano (evocación sin resplandor simbólico de los aspectos más prosaicos de la existencia) son dos vertientes de la misma actitud cosificadora que castra a la poesía de su auténtico manantial regenerador. Literatura normalizada, de entretenimiento o evasión, al servicio de la industria cultural. Versos que renuncian al genuino compromiso poético: explorar sin descanso, aguas adentro, en la realidad íntima del hombre.

           La segunda mitad del siglo XX ha sido la era de la estandarización. El mercado ha impuesto la normalización, el producto “standard”, a la medida del mayor número posible de consumidores. También la poesía ha sentido su abierta hostilidad. Se la permite sobrevivir al precio de adecuarse a las demandas del “ciudadano medio”: esa construcción teórica, ese fantasma mecánico ideado por las empresas de marketing que carece de sangre: impulsos, deseo, vida interior. El “ciudadano medio” no es sino el proyecto humano del capitalismo tardío, su ideal de consumidor: un hombre deshumanizado, reducido a su eficacia productiva, diseñado para generar riqueza. Toda experiencia interior es una amenaza para este hombre racional, desgajado de su hondo ser, dispuesto al sacrificio de vastas regiones de su identidad en aras de la adecuada actitud productiva. En la medida en que desenmascara esa reducción del hombre a androide fiel, marioneta sujeta a invisibles hilos de acero, la poesía es una actividad subversiva, le arranca el disfraz a la ideología tecnocrática dominante, denuncia su reducción del ser humano a sombra de sí, reflejo sin temblor.

           Tampoco se presta fácilmente la auténtica poesía a los fines del mercado. Ni al adormecimiento generalizado del espíritu, ni a la incesante búsqueda del mayor público consumidor posible. Despertar la mirada al otro lado del espejo, vislumbrar los abismos interiores, jamás será, por su propia naturaleza, una actividad de masas. Atreverse al viaje que nos propone la poesía requiere estar dispuestos a encontrar en el camino toda clase de vestigios de nuestra propia interioridad, alentando al fondo del poema. Hay descubrimientos gozosos, sí, pero otros se desploman por la ladera de lo siniestro. Quien se aproxima a la auténtica poesía como si de un poderoso narcótico se tratase yerra el rumbo hacia las antípodas. El poema, lejos de adormecernos, nos despierta a facetas ignoradas de nuestro oculto yo. De ahí su insurgente poder, su dignidad. De ahí la solapada hostilidad que recibe desde los centros de poder económico, que con buen criterio la desprecian como fuente de ingresos... mientras intuyen contiene una amenaza agazapada.

           Sin embargo, el porvenir de la poesía está asegurado. La naturaleza humana alberga la creatividad poética como su más expedita vía de exploración en la identidad. La antropología moderna caracteriza al hombre como el “animal simbólico”: aquel que genera sin cesar representaciones del mundo y de sí mismo. Por otra parte, es sabido que no nacemos con nuestra “humanidad” ya desarrollada. Ésta madura en virtud de la adquisición del lenguaje y el contacto con otros hombres y mujeres. Nos hacemos humanos a medida que se suceden en nuestra conciencia las interpretaciones simbólicas. De entre ellas quizá sea la poesía una de las más hondas formas de introspección que ha dado a luz nuestra especie. Necesitamos airear el sótano, sentirnos más nosotros, mirarnos a la cara sin el tiránico filtro de la eficacia racional, ese alambre de espino que oculta lo que íntimamente somos, lo que nos impulsa a amar, odiar, sentir, experimentarnos en conflicto o armonía.

           Durante siglos la liberación del hombre en Occidente residió en romper paulatinamente las cadenas de la representación simbólica religiosa, interpretación de la realidad que daba cobertura ideológica a los oscuros intereses del poder. Hoy, por el contrario, son la ciencia y la técnica las que nos imponen su propia perspectiva reduccionista como la única válida. Y si es cierto que el ejercicio de ambas nos ha dado frutos irrenunciables, también lo es que la razón instrumental intenta destruir toda otra interpretación simbólica de la experiencia humana, toda alternativa a su visión descarnada, deshumanizada del hombre. Bienvenidas sean ciencia y técnica cuando operan en su propio terreno. Pero callen de una vez su estúpida miopía cuando se obcecan en negar la evidencia de nuestra vida interior, entrometiéndose en territorios que ignoran.

           Que la razón instrumental es incapaz de ver en el ser humano algo más que causas y efectos, fisiología animal, casquería sin alma, es tan sólo la lógica consecuencia de su peculiar enfoque. Reducir la realidad a sus elementos mensurables, relacionables mediante el cálculo, es una estrategia útil para el estudio de los fenómenos ajenos al ámbito de lo psíquico. Pero es una colosal maniobra ideológica de ocultamiento el hecho de que tal perspectiva, que tan sólo responde a imperativos prácticos en el ejercicio de la investigación, venga a extrapolarse e invadir la totalidad de la riquísima vivencia humana, negando lo más próximo y evidente: nuestro ser psíquico, irreductible al enfoque racionalista, instrumental.

           Mientras haya hombres deseosos de experimentarse como seres completos, racionales a la par que imaginativos, entregados a la vida práctica como a los pálpitos del espíritu, la poesía seguirá viva, abriendo puertas y ventanas para que entre la luz en los íntimos recintos que el mercado y la razón tecnocrática intentan mantener a oscuras. A los sótanos en donde se retiene al yo interior maniatado, oculto a los ojos de las masas, llegará siempre la luz del resplandor poético, las voces iluminarán la escena en el espejo, podremos reconocernos en un desfiladero de palabras.

           Leer un poema es abrir las ventanas del espíritu a esa identidad dual, al fin completa, que brota día a día, se hace a sí misma, crece, nos alcanza. Y al volvernos reconocemos en el espejo de la página el rostro que olvidamos, perdido en los laberintos de la prisa. Pues la poesía, por su propia naturaleza, ni es ni puede ser un objeto de consumo. La poesía es un objeto de deseo. Y su promesa se extiende hacia el futuro, siempre en busca de lo más íntimo, lo más desconocido.

 

en Córdoba, a Enero de 2005

 

 

Señales de humo, nº 6, Feb. de 2005

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