José Luis Cicuéndez Carrillo, www.ladamaduende.org, 2005

 

poética

Cuadro de texto: entrevistas

La dama duende

◄◄volver | | anterior | | siguiente

 versión

 imprimible

 

  - Leyendo tu poesía, tengo la sensación de que siga una intención especialmente comunicativa... ¿es ese tu propósito, ser entendido, comunicar?

 

  -  Es cierto que en general no me he sentido nunca inclinado a un estricto hermetismo. Es una cuestión de gusto. Sin embargo, aunque a menudo mis poemas sugieren una lectura superficial de fácil acceso, una apariencia realista, es en su trasfondo simbólico donde late el temblor. En mi primer libro me preocupaba dominar el lenguaje a fin de modelar el poema en vistas a alcanzar un efecto en el lector. Era natural, en una fase de aprendizaje, que deseara hacerme con el control técnico de mi arte. Ahora sé que la técnica poética es como la escalera de la que hablaba Wittgenstein: una vez escalamos por ella es mejor tirarla. Llega un momento en que va contigo, incorporada a tu voz, sin que necesites recordarla a cada instante. Entonces empezamos a jugar con las palabras, vislumbrar ecos, sombras fugitivas. Saltar sin red: descubrir, a medida que escribimos, el poema que jamás imaginamos. Ya no me propongo trazar deliberadamente una red de palabras que genere un efecto en el lector. Prefiero, por el contrario, una actitud más libre y espontánea. Me abandono al fluir de la ensoñación, dejando para más tarde la corrección, la poda del poema. Creo que si indago con honestidad dentro de mí se despertarán por sí mismos análogos resortes en el lector.

     La polémica entre comunicación y conocimiento es un falso conflicto que ha lastrado la evolución de la poesía española desde mediados de siglo. Hora es ya de superar tan rancia como ingenua dicotomía, sólo explicable por nuestra desdichada tradición de cierre de fronteras. Mientras sigamos mirando en esa dirección perdemos el rumbo de la auténtica poesía moderna occidental. Un poema es en esencia un acto de búsqueda introspectiva, así como un gesto de expresión en libertad que desborda los límites del lenguaje común. Conocimiento y expresión: tal es el desafío del poeta. “Comunicar” es lo que hacen los anuncios o las manipuladas consignas de los medios. La poesía es, por fortuna, muy otra cosa.

Quienes aún hablan del poema como un acto de comunicación olvidan que la emoción del poeta en la escritura es, como decía, “análoga” a la del lector, pero no “idéntica”. Son emociones distintas y un buen lector es también creador en la medida que re-crea el poema a la luz de su propia experiencia vital. En definitiva, no existe algo así como un “contenido”, una “idea” preconcebida que el poema se “encarga” de comunicar directamente, sin mediación. La poesía es por naturaleza un rebasamiento de fronteras, un desbordamiento de sentido que trasciende el lenguaje referencial, comunicativo, así como las intenciones conscientes del autor. Los versos van abriendo senderos al sentido. Revelan verso a verso lo que el mismo poeta desconocía antes de empezar a escribir. El lector realiza a su vez su propio acto creativo en la lectura; refleja en su interioridad, con su peculiar emoción e imaginación, el poema. Mi afán no es tanto comunicar, imponer un mensaje unívoco, como despertar un haz de emociones que dialogan con las mías.

 

 - ¿Qué papel juega lo narrativo en tu poesía? ¿Y cómo se combina con lo simbólico?

 

 -  Tu pregunta, tal como la formulas, lo dice todo. Me interesa la narratividad en el poema tan sólo si genera un resplandor simbólico. Siempre he intuido que una de las posibles vías a desarrollar en nuestra poesía se encontraba en la fusión de géneros. Parece hoy, en tiempos posmodernos, extraordinariamente difícil explorar nuevos territorios. En “No se trata de un juego” encontré, en la frontera entre el cuento fantástico y el poema, un prometedor espacio poético: la escena simbólica. Un poema puede narrar una breve pero muy significativa secuencia de hechos, o bien capturar en sus versos un instante revelador. Pero siempre a fin de trascender la superficie narrativa con hondas sugerencias de naturaleza simbólica. El poema se decanta del lado del misterio, el descubrimiento, la celebración.

     En realidad mis poemas más narrativos buscan sus fuentes próximas en el cuento neofantástico del siglo XX, esa tradición que nace en Kafka y tiene en Cortázar su más brillante cultivador en nuestra lengua. Sin embargo, me gusta pensar que su origen remoto se encuentra en la tradición romántico-simbolista. Los románticos cultivaban a la vez la poesía y el cuento fantástico, géneros hermanos que confluían en su mirada al otro lado. En España fue Bécquer quien supo intuir ese espacio común. La atmósfera de ensueño que alienta en sus “Rimas” es hermana del misterio que alienta en sus “Leyendas”. En Baudelaire se encuentra aún muy viva la presencia de lo fantástico en la poesía, ese “desbordamiento del sueño en la vida real” del que hablaba Nerval. Y en Rimbaud y Lautréamont, así como en los surrealistas, da el salto a lo visionario. Si en “No se trata de un juego” y “Horizonte o frontera” mi poesía dialogaba con el cuento neofantástico y la poesía romántica y simbolista, en mis últimos poemas inéditos me encuentro ya en espacios muy próximos al surrealismo. Menos narratividad fantástica y más ensoñación. Menos contención técnica y más atrevimiento, inmersión en las aguas del inconsciente.

    

 - ¿Qué diferencias encuentras en este tu último libro, “Horizonte o frontera”, con respecto de los dos anteriores?

 

 -   Es difícil para mí contestar a esa pregunta. Quizá en “Horizonte o frontera” encuentre su plenitud la apuesta por lo fantástico y el fenómeno simbólico que emergía en “No se trata de un juego”. Creo haber llegado más lejos y de manera mucho más decidida. Los posmodernos juegos de planos que escenifican el paso de la realidad a la imaginación, del desierto diario a los jardines del deseo, se desarrollan al máximo de sus posiblidades. Lo fantástico empieza a desembocar en lo visionario.

     Y lo más importante, por primera vez me he atrevido a escribir un libro poliédrico, donde las distintas secciones dan cauce a voces muy diversas entre sí. La fragmentación interior se abre paso en mi poesía más y más. Esas voces otras que no brotan de piruetas retóricas, modulaciones técnicas, sino de una exploración a pecho abierto en las profundidades del yo, en lo ignorado.


 - Este último libro tuyo donde dices "feliz el que regresa a su casa despacio,/ distraído, a lo suyo, ni triste ni contento" ¿es una celebración de la vida, un canto a la felicidad de lo cotidiano?

 

 -  La cotidianeidad, por lo común, es un desierto de actos mecánicos, gestos sin alma, obligaciones, facturas: la atroz telaraña de la costumbre que ciega nuestros ojos al resplandor. Pero a veces llueve en el desierto, sucede el milagro de la poesía. En el momento menos sublime, más inesperado, por sorpresa. En la misma calle que cruzamos a la misma hora todos los días sin que nunca pase nada. Vivir es una aventura extraordinaria precisamente porque la poesía puede asaltarnos por la espalda, en cualquier lugar o situación, para incendiar nuestra mirada. Lo otro, lo “cotidiano”, no es auténtica vida, sino tan sólo un torpe simulacro, un alto precio a pagar por los instantes de gracia que nos son concedidos como por arte de magia, al azar. Una lluvia repentina, por ejemplo, como la que inunda la escena al final del poema que citas: una lluvia que nos lava el alma de raíz, reconciliándonos con todo.

     En cuanto al libro, tiene sus luces y sus sombras. Discurre en general hacia el deseo, pero recala también en las proximidades de la muerte. Y más aún en esa pequeña muerte que es la planicie en sombras de lo cotidiano previsible, sin fulgor. Sin embargo, quise cerrarlo en lo más alto, en un canto a la vida y al amor. Nunca he entendido esa tenaz inclinación de los poetas al lamento. Al tópico “se canta lo que se pierde”, esa verdad a medias, añadiría yo: “pero también al brote de vida que irrumpe en el poema”. El deseo y la pérdida, en ese orden, son para mí las fuentes de la poesía.

 

  - ¿Cuál es en tu opinión el futuro de la poesía?

 

  -  Oscilo entre la preocupación y el optimismo. Por una parte la industria cultural impone la masificación a gran escala, lo que parece cerrar el paso al desarrollo de una genuina introspección poética. O al menos una creciente dificultad para dar a conocer una poesía genuina, al servicio de la palabra y no de las demandas del mercado. Sin embargo, sospecho también que cuanto más se oculta el auténtico arte, cuanto más se somete al ciudadano medio a subproductos confortables, de fácil acceso, sin temblor, más crece la necesidad de la verdadera poesía. Un mundo sin poesía sería la muerte del sujeto occidental. Me cuesta pensar que pueda desaparecer por completo una minoría necesitada de emociones de alto voltaje poético. De hecho, la proliferación de poetas de valía parece indicar justo lo contrario.

     Si me preguntas por cómo será tal poesía sólo puedo responder que a corto y medio plazo se impone en nuestro país la recuperación de la gran tradición poética moderna, la que nació con los románticos alemanes e ingleses, desarrollándose en el simbolismo francés, para desembocar en el surrealismo. En tal tradición, así como en sus estribaciones en el modernismo anglosajón, beberán los jóvenes poetas para crear la nueva poesía. Surgirán toda clase de fusiones con otras tradiciones y lenguajes, pero es natural que el eje central sea el mismo que ha alentado a la poesía en los últimos dos siglos en los demás países occidentales.

     La ruptura con Occidente que supuso la Guerra Civil impidió se desarrollase en plenitud nuestra incorporación a las demás literaturas de la modernidad. La extraordinaria aventura de la generación del 27 se truncó, quedó durante décadas sin continuidad. Los mejores poetas españoles del siglo XX han intentado con éxito incorporarse a la tradición romántico-simbolista. Pero quedan aún muchos espacios por explorar. Vivimos la paradoja. Nuestras limitaciones históricas son a la vez una promesa de futuro. Entre nosotros, a diferencia de otros países europeos, no se han agotado aún las posibilidades de la poesía de la modernidad.

 

  - ¿Sientes que perteneces a alguna escuela o tendencia poética del momento?

 

  - Tendencias y escuelas no son más que rótulos promocionales, logotipos mediáticos, marcas comerciales. Legítimos, por supuesto, pues legítimo es el deseo de un poeta de darse a conocer. En la práctica poetas que se declaran de la misma escuela suelen ser muy diferentes, pues si tienen verdadera personalidad es imposible que carezcan de una voz propia. Si por el contrario podemos intercambiar los nombres, los libros, los poemas, entonces hay que preguntarse cuál es la voz y cuáles los ecos.

     Sí me siento muy cerca de otros poetas de mi edad y más jóvenes que, lejos ya de la estética realista de los 80, practican una poesía que dialoga, desde una actitud posmoderna, con el simbolismo, el alto romanticismo europeo y el surrealismo. Espero que de la diversidad de nuestras obras respectivas nazca un diálogo fértil para todos. Todo arte es una obra colectiva. Pero cada uno está solo frente al papel en blanco, en lucha con sus propias obsesiones. La homogeneidad es un fenómeno de mercado, no artístico: un espejismo. Más aún en nuestros posmodernos tiempos de fusión y mestizaje, donde la inclinación natural es la proliferación de apuestas, en diálogo con los más diversos géneros y tradiciones. Contemplo la actual diversidad como un fenómeno prometedor. Al fin y al cabo las generaciones más brillantes de la poesía española contemporánea fueron aquellas en las que brillaron con luz propia las más variadas propuestas. El 27 sería, desde esta perspectiva, un modelo a seguir.


 - En tu obra Escribir un poema, un texto imprescindible para comprender la poesía, haces referencias a las obras de Aleixandre, Lorca... ¿son dos de tus poetas preferidos? En cualquier caso, ¿quiénes son los autores clásicos y actuales que han marcado tu estilo?

 

 -  Aleixandre fue una obsesión para mí en mis tiempos de estudiante. Mi gusto ha evolucionado y hoy preferiría a Lorca, Vallejo, Gamoneda o Claudio Rodríguez, que lejos de desgastarse a mis ojos con los años no han cesado de crecer. Francamente no sabría decir cuáles han marcado más mi escritura. ¡Hay tantos poetas que admiro!

     Sólo en el ámbito de la poesía contemporánea en español encuentro toda una línea secreta de introspección y puesta en escena de la ensoñación a la que me gustaría se incorporase mi poesía: desde el Juan Ramón final hasta el deslumbrante Claudio Rodríguez, desde el Alberti de “Retornos de lo vivo lejano” hasta el Luis Rosales de “La casa encendida”, desde el Vallejo de los “Poemas humanos” o el Octavio Paz de “La puerta condenada” hasta el Gimferrer de  “La muerte en Beverly Hills”. Pero también los franceses Baudelaire y Breton, o los argentinos Juarroz, Gelman y Sylvester, por no hablar de poetas en otras lenguas no menos importantes para mí. En justicia he de citar también a  algunos cuentistas fantásticos del siglo XX como Kafka o Cortázar, que mucho han aportado a mi poesía. A pesar de la aparente diversidad, en todos ellos brilla una cualidad compartida: exploraron con pulso firme el límite entre realidad y ensoñación.


  - ¿Qué valor tiene el símbolo en tu poesía?

 

  - Al indagar en los territorios fronterizos entre realidad e imaginación, en las bruscas irrupciones del ensueño, me encontré con los símbolos. Hacía tiempo que me producía desconfianza la metáfora, pues a menudo se degrada en mero ornamento decorativo. Me refiero a esa decadente concepción de la poesía como un discurso racional previo, fijado con antelación a la escritura del poema, que se “adorna” después con artificios retóricos. Sospechaba que la retórica era la muerte de la genuina revelación, del hondo chispazo de la poesía. Poetas como Lorca o Vallejo me daban mucho que pensar. Me preguntaba cómo era posible generar tan espectacular irradiación poética y al mismo tiempo esa insólita persistencia de sus versos en la memoria. La respuesta se encontraba en los símbolos, que –a diferencia de las metáforas- pueden resucitarse una y otra vez sin pérdida de fulgor. Descubrí también que si tales poetas soportaban tan bien la traducción, si podían conmover en otras lenguas, era porque ponían en escena símbolos universales.

     Cuando los símbolos empezaron a asaltar mi inspiración se abrió ante mí un vasto océano de posibilidades expresivas. El psicoanálisis nos reveló que el inconsciente se manifiesta oblicuamente, de manera simbólica. Es imposible el acceso directo a sus hondas revelaciones. Necesita de los símbolos para aflorar a la conciencia. De ahí que sean éstos quienes tracen el camino que conduce del pensamiento consciente al inconciente. Son la ruta de acceso a la interioridad, las pasarelas del deseo. A través de ellos descubrimos el otro lado de nuestra identidad, los oscuros resortes interiores desconocidos para nosotros mismos. La palabra alemana que designa al símbolo es Sinnbild, que significa imagen (bild) que genera sentido (Sinn). Imágenes que irradian los secretos del yo, los símbolos me ofrecieron el puente entre inspiración y técnica, espontaneidad creadora y dominio del lenguaje. La poética del límite que practico se propone explorar los senderos entre ambas vertientes de la identidad. El resplandor simbólico es la luz que me guía en la espesura.


  - Dado que eres profesor de filosofía, no tengo más remedio que preguntarte si ambas disciplinas, poesía y filosofía, se encuentran de algún modo en tu vida.

 

  -  Durante años viví ambas vocaciones como una contradicción: el desbordamiento de límites del ensueño poético y el rigor/vigor del pensamiento racional. Actividades paralelas, desarrollaba el estudio de la filosofía y el cultivo de la escritura poética como dos facetas independientes. Es cierto que desde los tiempos de la facultad el poeta venció al filósofo, ganó la partida; pero el pensamiento nunca me abandonó. Me sentía fracturado entre dos patrias. Pero al cabo de los años encontré el camino para fundir ambas vertientes, suturar la fractura, tender puentes.

Descubrí entonces toda una línea de pensamiento, alternativo a la lógica racionalista, que defendía un espacio propio para el despliegue de la imaginación simbólica. El pensamiento estético de los románticos alemanes, el psicoanálisis de Carl Gustav Jung y las decisivas aportaciones de la Escuela de Frankfurt fueron las principales fuentes que me permitieron alcanzar una actitud filosófica afín a la poesía, capaz de explicarme mi propio ser poeta, generadora de sentido. Pronto aparecerá mi ensayo “Una poética del límite”, fruto de esta aventura intelectual que ha supuesto para mí un gran salto adelante. Intuyo que se abre ahora una nueva etapa en mi obra y en mi vida. Desde que experimento poesía y filosofía como un todo armónico siento que el poeta que alienta en mí se ha despertado de un largo sueño. Ahora tengo ante mí un más vasto espacio a explorar. Superar las fronteras; salvar el horizonte.

 

el poeta Eduardo García poesía escritor literatura