José Luis García Martín, Nobel, Oviedo, 1999

 

poética

Cuadro de texto: poéticas en antologías

La generación del 99

(Antología crítica de la joven poesía española)

 

Hay una honda evolución entre los dos libros que he publicado. En Las cartas marcadas intenté depurar mi poesía del rancio olor de la retórica. La naturalidad de tono y ritmo, el afán de comunicación y plasticidad, y, sobre todo, la construcción muy elaborada pero “invisible”, eran algunos de los valores que me proponía cultivar. Intenté, ante todo, encontrar el equilibrio entre pensamiento y sentimiento (en la línea de Pessoa y Unamuno: “piensa el sentimiento, siente el pensamiento”), así como la vivacidad de la emoción. De hecho, creo que el libro es en gran medida un ajuste de cuentas conmigo mismo en el tránsito de la primera juventud a la treintena.

Terminado el poemario sentí la necesidad de explorar nuevos territorios. Tenía que cruzar la frontera de lo considerado “real”, indagar en mi interior, cediendo la palabra a mis fantasías más ocultas. Se trataba de trascender los límites de un realismo estricto, tender puentes entre realidad y ensoñación para dar verosimilitud a sucesos fantásticos que a su vez tuvieran una honda carga simbólica. Esa fue mi apuesta. En manos de los lectores está ahora valorar si lo conseguí y hasta qué punto.

He conservado la naturalidad y la cuidadosa construcción. También el tratamiento realista y la plasticidad, pues sigue interesándome, ante todo, la comunicación. Siempre intento que un poema sea “habitable”. Para ello trato de suscitar sensaciones nítidas, poniendo en escena secuencias de imágenes sugerentes o simbólicas. Sin embargo, creo que la poesía no puede renunciar a su capacidad de invocar los sueños, las visiones; en definitiva, nuestra vertiente irracional. La vanguardia lo hacía sometiendo a una fuerte tensión al lenguaje mismo. Yo prefiero emplear un lenguaje accesible para disponer ante los ojos del lector escenas “reales”, que pueda imaginar, pero deslizándole imperceptiblemente en la ensoñación.

Me gusta ver el prodigio con naturalidad, en escenarios reconocibles: un suceso mágico que estalla en plena apariencia de realidad. Entonces nada es igual. Una calle deja de ser sólo una calle. Es un pasadizo por el que desfilan las imágenes. Un lugar que trasciende la realidad de todos los días. Una región que sólo existe en el recinto de palabras del poema.

En No se trata de un juego la emoción nace a menudo en un contexto realista, a través de narraciones de sucesos comunes, verosímiles, donde el personaje se desplaza después, lo más levemente posible, a un ámbito mágico. Por lo común, sus poemas transcurren en una ciudad “que podría ser cualquiera” pero que en realidad no es ninguna en concreto, sino un territorio de la imaginación. Y es que esa ciudad mía anónima que tejen las palabras, esa ciudad que es todas las ciudades y ninguna, configura un espacio mítico donde todo es posible.

Creo que el aliento que impulsa a mi actual poesía reside, esencialmente, en su disposición a “generar mito”, es decir, proyectar su llama transfiguradota sobre las cosas, despertando al lector a la posibilidad de lo imposible. No siempre sabría descifrar con claridad esas visiones, pero sí sé que se me imponen imperiosamente. Cuando se apoderan de mí siento su capacidad de sugerencia, el resplandor simbólico de la situación. Como en algunos cuadros de Magritte, los objetos, el escenario, son en apariencia realistas y, sin embargo, la escena siempre trasciende la experiencia común.

He tratado de dialogar con esa gran familia en la que figuran maestros como Coleridge, Lewis Carroll, Cortázar, Borges, Vallejo o el mismo Magritte. En todos ellos la ensoñación surge a partir de una apariencia realista. El poema brota en ese umbral entre vida y sueño, entre realidad y deseo, donde el lector acompaña al personaje poético cuando cruza “al otro lado” de un cuadro o la pantalla del televisor.

Estos viajes al ámbito de lo desconocido, de lo imposible incluso, expresan siempre una exploración de las regiones ignoradas, inconscientes, de la personalidad. Desde la actitud realista y la naturalidad mis poemas tratan de ahondar más allá de la anécdota, del apunte narrativo, para trascenderlo siempre en una experiencia interior. Todo ser humano contiene un universo de posibilidades, de resortes emocionales que desconocemos. Creo que el hombre contemporáneo se encuentra perdido en una profunda crisis de valores y referentes. Mis poemas se sitúan en ese territorio de la identidad buscándose a sí misma, tratando de orientarse a sí misma en el caos posmoderno. De ahí los juegos en torno al yo, que se escinde en vertiginosos desdoblamientos: el yo que escribe y el que brota de las palabras mismas del poema, el yo real presente y el que fue en la infancia o la adolescencia, el yo actual y el que podría haber sido y no fue… Todas estas figuras especulares, estos dispares reflejos del yo, con-viven en la ilusión de realidad que genera el poema.

Lewis Carroll escribió: Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo. Yo añadiría que “atravesar el espejo”, dirigirse al territorio de la ensoñación, es explorar dentro de nosotros mismos. Me gustaría que el lector sintiese en mis versos la llamada de esas oscuras o felices regiones donde habitan mis sueños y los suyos.

 

◄◄volver | | anterior | | siguiente

 versión

 imprimible