MISTERIO POÉTICO vs. RAZÓN INSTRUMENTAL

(o El oficio de poeta en la era de Internet)

 

I

Reivindico para la poesía el aluvión de connotaciones de la palabra "misterio", tan devaluada por el uso sacralizador de la tradición y el culto contemporáneo a la eficacia del mercado. "Misterio", sus infinitas puertas rumbo a lo desconocido, su llamada desde las profundidades. Un poeta actual es un resistente que actúa en las fisuras de la mentalidad instrumental. Ahogado por la prisa y el malogrado gusto uniformador de la sociedad de los mass-media, nuestro yo más profundo nos requiere, aguarda su ocasión, espera el estado de gracia capaz de desvelar sus laberintos interiores.

Cuanto más patente se vuelve la ceguera del hombre común a lo que nos es más íntimo, a los secretos deslizamientos de la sentimentalidad y la imaginación, más necesaria se revela la poesía: Poesía para alumbrar los ignotos senderos de la personalidad, poesía para vislumbrar a través del velo de la apariencia, poesía para rescatar la mirada primordial.

 

II

El prestigio social de la eficacia, la utilidad práctica, la consigna, en suma, de la razón tecnocrática, instrumental, nos ha vendado los ojos a lo único que importa. Si nos abandonamos al clima empobrecedor que aquélla ha generado, relevante es tan sólo lo que nos conduce a la rentabilidad. Rentabilidad económica, rentabilidad emocional, anulación de la voz íntima, sofocada por el vértigo de la prisa, el "zapping", el hilo musical... Deprisa. Encerremos al hombre en celdillas, incomunicado en la selva de los mensajes que se cruzan, aislado y confuso, abrumado por el ruido ensordecedor de los medios. Hay que ocultar la soledad del hombre. Hay que adormecer sus oídos a la llamada de su imaginación. Hagámosle organizar su tiempo, disponer sus acciones hacia fines "útiles". Hagámosle "productivo". Impidamos que la luz entre por las rendijas. Hay que dirigir todas sus capacidades al beneficio, que se disfraza de éxito, autosuperación, excelencia... ¡Qué atroz mutilación de la identidad!

           Necesitamos la poesía porque nos enriquece de nosotros mismos. Caminamos a toda prisa, fieles a nuestros objetivos, programados para la vida práctica, aseados, impersonales, dormidos. Entonces unos versos detienen la codicia del reloj. Sorprendidos, abrimos los ojos hacia adentro. Sucede. Está naciendo la mirada. Se desperezan nuestras facultades más secretas. Regresamos a la fuente de nuestra identidad. Poeta y lector se dan la mano en esta exploración que a ambos interpela. El espejo de la página nos refleja en claroscuro...

           Lectura y escritura son acciones (pasiones) paralelas. Manifestaciones simétricas de un mismo repliegue del hombre sobre sí. Ritual y no culto. Introspección y no afán de trascendencia.

          

LA HERENCIA ILUSTRADO-REALISTA

 

Converso con el hombre que siempre va conmigo

Antonio Machado

 

Desde Antonio Machado a la Generación del 50 o la poesía figurativa de los 80, los brotes realistas de la poesía española del siglo XX nos enseñaron las consecuencias estéticas de la "muerte de Dios", esa paulatina disolución de la trascendencia a la que asistimos a lo largo del siglo. Les debemos la desacralización del poeta contemporáneo.

Muchos lectores y poetas perdimos la ingenuidad. Asumimos nuestra soledad de individuos abandonados a su suerte en una sociedad secularizada, sin recurso a lo sobrenatural. Quizá nos sintamos huérfanos, quizá cedamos a ratos a la tentación de la nostalgia. Pero ganamos una nueva conciencia de ser hombres, aquí y ahora, con toda nuestra potencialidad creadora y nuestra historia a cuestas, nuestra vida y nuestros sueños. Las fantasías proféticas difícilmente podrán ya conmovernos. Es la nuestra una poesía secularizada, donde la inspiración no evoca oscuramente a la trascendencia religiosa.

Esa renuncia ilustrada al tono profético nos recondujo a nosotros mismos. Evitamos desde entonces la voz solemne del predicador, la pose del chamán, su distancia empírea, su retórica de viento, su afectación narcisista. Mejor buscar nuestra voz humana, de carne y hueso, una voz que conversa desde la página con el lector, situándose en el mismo plano que éste. El realismo nos enseñó el valor de la naturalidad arduamente trabajada y rescató el don clásico de la transparencia. La poesía había redescubierto al ser humano real, su inquietud profunda, su vértigo. En ese sentido siento propio su legado, su legítima sospecha hacia las acrobacias del significante, su insistencia en la comunicación.

 

ABRIR FRONTERAS AL LENGUAJE

 

I

Naturalidad, sin embargo, no equivale necesariamente a coloquialismo. Ni hay razón para que el poeta contemporáneo restrinja su imaginario lírico al ámbito de la cotidianeidad. Esos registros son tan sólo una parte del vasto territorio que se extiende ante un poeta consciente de su condición desacralizada. El acierto con el que supieron manejarlos poetas de valía como Jaime Gil o Ángel González no debe cegarnos a otras muchas vías de indagación poética, que compartirían con la obra de éstos los valores fundamentales del realismo.

           Afirmaba Eliot que la recuperación del habla común se ha producido a intervalos regulares en la historia de la poesía. Es una operación de higiene retórica que suele conducir a nuevas y auténticas modulaciones, cuando la dicción poética ha visto fosilizarse los hallazgos de la etapa anterior. Sin embargo, una vez redescubiertas las posibilidades de la lengua de la calle, desarrolladas hasta el punto de comenzar a reiterarse en clichés, sobreviene una etapa de modulación formal, de indagación lingüística, aunque siempre a partir del lenguaje de nuestro tiempo, el lenguaje conquistado por la etapa anterior. En palabras de Eliot: «Hay épocas de exploración y épocas de desarrollo del territorio adquirido». Es más, «el ansia de novedad continua en la dicción y la métrica es tan malsano como la adhesión obstinada al lenguaje de nuestros abuelos»1.

La poesía figurativa ha sido una reacción ilustrada, realista. Recuperó una vez más la tarea de higiene retórica, de puesta al día con el lenguaje común, que el realismo realiza en oleadas sucesivas a lo largo de nuestra tradición contemporánea. Sin embargo, en su afán por alcanzar el éxito en esta labor, insistió en el polo opuesto: el coloquialismo. Es cierto que éste tuvo un efecto memorable para los lectores de mi generación. Se trataba de una conquista de un territorio léxico por entonces relativamente novedoso. Había, sin duda, atrevimiento en la apuesta por lo coloquial. Su virtud consistió en revelarnos una emoción más próxima al lector, más vívida en su marcada naturalidad.

 

II

Hoy, sin embargo, reduciría demasiado nuestro campo de acción imponer el coloquialismo a modo de precepto literario. Creo que, como corresponde a la era posmoderna en la que nos encontramos, la palabra debe indagar en un lenguaje más vasto. Sin renunciar al realismo y la naturalidad, sin incurrir en la voz profética, bien puede un poeta actual renunciar al coloquialismo beligerante, ajustando el ámbito léxico al que se ciñe a fronteras más amplias. ¿Acaso no cabe en un poema de arquitectura realista el uso de la imagen? Emplear buena parte de los recursos que nos legó la tradición... ¿equivale acaso a sacrificar la presunta "pureza" del lenguaje coloquial?

Conviene no olvidar que el coloquialismo es, desde su origen hasta nuestros días, un experimento literario tan artificial o convencional como cualquier otro. Es una exploración, como lo fue la vanguardia, sólo que en un sentido inverso. Ampliar el horizonte del lenguaje sólo puede conducirnos a nuevos hallazgos. ¿Qué razón puede aducirse para renunciar, en nombre del coloquialismo, a buena parte de la riqueza de recursos, procedentes de diversas tradiciones, con las que puede dialogar un poeta contemporáneo? ¿Qué podría compensarnos tanta renuncia? Por mi parte, me propongo conservar los valores esenciales del realismo... pero sólo para explorar, más allá de los límites del coloquialismo, ámbitos que trascienden la estrecha cotidianeidad.

 

III

La pregunta se impone: ¿Estamos llegando ya a una etapa de "desarrollo del territorio adquirido"? No soy quien para afirmarlo, pues me encuentro involucrado en el proceso, pero sí puedo asentar la plausibilidad de esta hipótesis en la lectura de los poemas y poetas surgidos en la década de los 90. Creo que muchos hemos empezado a dar muestras ya de que tal evolución hacia la conquista de regiones afines o limítrofes al realismo puede ser una vía fructífera de exploración. Incluso en el seno mismo del grupo inaugural de la poesía figurativa (esto es, poetas que publicaron sus primeros libros en los 80) hay autores de primera fila que en sus últimos libros asumen idéntico riesgo.

Trascender el lenguaje coloquial, llevarlo un poco más allá de lo que un realismo demasiado estricto aconseja, dejar a la intuición deslizarse hacia el hallazgo lingüístico, aunque sin perder nunca de vista la naturalidad de la voz: esa es la apuesta. La poesía no puede renunciar a su incesante tarea de exploración verbal, a su búsqueda de tensión del lenguaje. El auténtico límite se encuentra en el tono profético, que no debe ya enturbiar la dicción, engolar nuestra voz.

 

UN REALISMO VISIONARIO

 

Juguemos a que existe una manera de atravesar el espejo

Lewis Carroll

I

Al concluir mi primer libro sentí que el realismo estricto me limitaba, sofocaba voces que latían en mi interior, a las que hasta entonces no había permitido aflorar. Me puse de inmediato manos a la obra, tratando de explorar mis fantasías un poco más allá de los límites de verosimilitud que aquel suele imponer. Desde No se trata de un juego mi disposición hacia el poema se ha ido deslizando hacia los márgenes, ha evolucionado hacia ámbitos limítrofes, que participan a la vez del tratamiento realista y la exploración en la irracionalidad.

En definitiva, mi noción de "realidad" se ha ensanchado hacia los territorios interiores. Así descubrí el poder simbólico del acontecimiento prodigioso. Desde entonces, muchos de mis poemas brotan de una delicada fusión. Traté de que poesía y género fantástico se dieran la mano, a fin de aprovechar las posibilidades simbólicas, la honda resonancia poética, del hecho extraordinario.

Que el género fantástico puede cultivarse desde una actitud realista es una obviedad que avala la propia historia de la literatura. Y no lo es menos que desde sus orígenes la poesía ha empleado la narratividad fantástica como un recurso propio; un recurso, de hecho, que brotó en verso mucho antes de su trasvase a la prosa. La poesía misma nació de la mano del mito y esa capacidad de abrir los ojos al hombre a la posibilidad de lo imposible es un afán que la asalta, vigoroso, de manera intermitente. Esta inclinación a explorar el Otro lado, que aflora cada vez que la prepotencia racionalista cree haber puesto "orden" definitivamente en el lado nocturno de la sensibilidad y el pensamiento, se me figura, al menos a largo plazo, irrenunciable. De nada sirve que la razón trate de imponer sus cadenas a la imaginación. Una y mil veces ésta tomará la palabra para confirmar que tiene mucho que decir sobre lo que somos, esto es, sobre nuestra más secreta  identidad.

 

II

Es sabido que el fenómeno extraordinario alcanza sus mayores efectos sobre el lector cuantas menos hipótesis imposibles requiera que éste se preste a asumir (su "verdad": en la ficción tan sólo del poema, claro está). Si algo resta efecto a lo fantástico es el abuso de "peticiones al lector", ese exceso de imposibilidades que arruinan la verosimilitud, y, con ella, la carga emotiva, humana. Me gusta, por el contrario, introducirme en un paisaje verosímil, reconocible, para poco después deslizar al personaje –con la máxima levedad– hacia el prodigio. Suelo emplear en el mismo poema una sola hipótesis imposible, un único hecho extraordinario... entre una multitud de detalles que disponen una secuencia perfectamente verosímil. El tratamiento realista es capaz de dar vigor vital a la fantasía; la trasciende en símbolo.

Al deslizar el prodigio en plena apariencia de realidad pongo en crisis los presupuestos epistemológicos del lector, a fin de provocar ese estado de gracia al que todo poema aspira. El hecho prodigioso no es un mero fuego de artificio, una maniobra de prestidigitación, sino que despliega su voltaje poético en las resonancias simbólicas que es capaz de despertar (cuyo sentido último –como es natural– no me es siempre ni del todo conocido).

Así pues, me he concedido la libertad de narrar, desde la cuidadosa construcción y naturalidad "realistas", algunas fugas al ámbito de la ensoñación. Esa combinación me permitió, como decía, ampliar los límites de mi sentido de la "realidad", evitando sin embargo deslizarme en la voz profética. Conservo, en la arquitectura del poema, los valores esenciales del realismo, pero trasciendo sus límites hacia los vastos territorios de la interioridad, donde razón e imaginación, realidad y ensueño, se funden.

 

III

Puede decirse que tengo un modo peculiar, ajeno a todo automatismo, de abordar las regiones de la irracionalidad. El surrealismo nos acostumbró a asociar, demasiado a la ligera, la indagación en las zonas oscuras de la personalidad con la ausencia de control racional sobre la escritura. El equívoco procede de su actitud ingenuamente inaugural. Con el ardor de los descubridores, los surrealistas insistieron demasiado en la suspensión de la racionalidad, en el acto de la inspiración "pura", "ajeno a toda preocupación estética o moral"2.

Por mi parte, desde una posmoderna actitud de diálogo con las tradiciones que me preceden, prefiero hoy por hoy acercarme a las honduras de mi interioridad con pulso firme y la máxima precisión. Sigo cultivando la construcción exacta y muy elaborada (pero natural, invisible en apariencia). La arquitectura realista de mis poemas trata de poner en escena, re-presentar, los vastos territorios que se extienden "a través del espejo", el territorio psicológico del Otro lado.

El eclecticismo que practico es un intento de superar la falsa dicotomía entre irracionalismo y figuratividad. Me propongo elaborar una poesía consciente de sí misma, que aspira a la naturalidad de la voz, a la plasticidad realista (a menudo cinematográfica) y al control riguroso del lenguaje. Una poesía, no obstante, cuya mirada se dirige hacia la interioridad, destinada a proyectar sobre la página fantasías que brotan del inconsciente. Que esté en buena medida por hacer una poesía que se proponga tales fines es sólo una razón más para salir a su encuentro.

 

“REVELACIÓN PROFANA” E INTROSPECCIÓN: un giro del objeto al sujeto

(o Cómo«reencantar el mundo» desde las ruinas del racionalismo positivista)

 

Me están dictando cosas,

pero no desde otro mundo u otros seres,

sino, más humildemente, desde adentro.

Roberto Juarroz

I

La poesía es lo que es a pesar de la razón, no por su causa. O mejor, la razón puede ser su mejor aliada si el poeta sabe ponerla al servicio de la intuición creadora. Sus fuentes son, pues, Otras. Su indagación, decíamos, no precisa orientarse a la trascendencia... pero sí es un impulso transfigurador. Y es que este peculiar modo de "revelación" que me propongo no puede ya ser teológico, sino "humano, demasiado humano". Se dirige hacia las zonas oscuras de la personalidad. Como poeta trato de "trascender" mi realidad común en el acto de la escritura. Pero ya no hacia la ilusión de un orden sobrenatural, sino hacia los vastos territorios de la interioridad. Escucho mi voz más íntima. En sus hondas sugerencias, en sus secuencias de imágenes simbólicas, se manifiestan mis fantasmas interiores.

El inconsciente sigue latiendo a toda prisa, generando mitos que se entretejen en nuestra cultura con todo tipo de materiales espurios. Su voz no ha cesado de clamar, subterránea e imperiosa e inextinguible. La revolución tecnológica ha tratado de enmascararla, sometiéndola a las leyes del mercado. La magia se ha secularizado, dando lugar al culto a la máquina. El mando a distancia y el correo electrónico son instrumentos de esa desencantada "magia" tecnológica. Vivimos la paradoja: la razón instrumental trata de expulsar a las fuerzas del inconsciente de la concepción del mundo del hombre culto contemporáneo... para, simultáneamente, con cinismo imperturbable, ejercer su implacable labor cosificadora, su afán de convertirlo todo en rentabilidad económica, poniendo a su servicio –deliberadamente, sin escrúpulos– su "lógica" onírica, con fines publicitarios y propagandísticos. Sólo "recuerda", en definitiva, su existencia a la hora de reconvertir su energía en beneficio.

 

II

La razón ilustrada, degenerada en razón instrumental, ha acabado por dejarnos solos en el mundo. La ciencia y la tecnología imponen sus criterios, pretendiendo reducir la realidad a lo que se acomoda a su análisis. Prescriben como mirada auténtica, objetiva, neutral, su propia miopía, o mejor, su vista cansada para ese impulso interior que es el territorio más íntimo del hombre y, al mismo tiempo, su región más desconocida. Sólo existe a su juicio aquello que se acomoda a su propio modelo de  racionalidad. La ciencia, que es tan sólo una de las perspectivas humanas capaces de abordar el ser, se autoproclama soberana absoluta, demarca el territorio del conocimiento, expulsa de nuestro "horizonte", como sospechosos epistemológicamente, los "sueños de la razón". Al hacerlo nos deja huérfanos de nosotros mismos, cercena una dimensión esencial, privilegia a la parte sobre el todo, a la razón sobre la imaginación, declara non gratas a las potencias afectivo-irrracionales.

Vivimos un mundo "desencantado" 3. Suele decirse que la invención de la luz eléctrica hizo mucho más por expulsar las sombras, las oscuras presencias, las proyecciones imaginativas del deseo y el miedo del hombre occidental que la difusión de las ideas ilustradas y su afán por racionalizar todos los órdenes de la vida. Es preciso imaginar el ámbito doméstico de un europeo del siglo XVIII, internarnos en esa umbría donde aguarda lo desconocido a escasos metros de distancia: un medio idóneo para la proliferación de figuras imaginarias y sordos presentimientos.

Hoy la luz artificial ha vencido y extiende sus dominios allá donde se posa la mirada. En vano buscaríamos una zona en penumbra, un mínimo refugio para los matices de las sombras. La luz nos abruma, limando los matices de los objetos, aplanando sus anfractuosidades: una luz "dura", uniformadora. Esa luz obsesiva representa una perfecta metáfora de la actitud racionalista tecnocrática y su negación del otro lado de las cosas, de sus resonancias emotivas y oníricas.

 

III

Sin embargo, el hondo poder del mito ha pervivido, pero lo ha hecho en formas degeneradas, que niegan su verdadera naturaleza, su potencialidad creadora, su capacidad de iluminar nuestros secretos resortes interiores. Se ha instalado en nuestras vidas en una dimensión descarnada de espiritualidad. Como decía, el mando a distancia y las redes informáticas son los nuevos objetos totémicos capaces de invocar fuerzas desconocidas. Por desgracia, la vasta región de lo irracional se ha puesto al servicio del mercado, se canaliza hacia el interés de los poderosos. Apenas es transitada como una vía de indagación interior, de exploración en las fuentes de la identidad. Puede que a la poesía le incumba (más aún que a otras artes) esa tarea: la recuperación de la dimensión mítica, irracional, de la mirada humana, sin manipulaciones economicistas, con honestidad y atrevimiento.

En las primeras líneas de esta poética me atreví a afirmar lo que debería ser una obviedad: la escritura de un poema es un misterio. Y, en efecto, la poesía es uno de los últimos reductos donde realidad y ensueño, razón e imaginario lírico, se dan la mano. En  la resonancia íntima de un poema sentimos reflejada nuestra más honda identidad. En el espejo de la página podemos vislumbrar el otro orden, secreto, de las cosas, a saber, las proyecciones de nuestro plural yo interior, encarcelado. Quitemos la mordaza al coro de las voces. Escuchemos ese rumor simbólico allá en el fondo de nosotros mismos. Cedamos la palabra a la imaginación, sus hondas sugerencias, sus llantos, sus canciones.

 

IV

El viejo propósito romántico de «reencantar la vida», dar voz a las cosas para que expresen su lenguaje más secreto, puede renovarse en nuevas, vigorosas modulaciones. Aún quedan vastos territorios por explorar. Una Otredad habitable, secularizada. Una exploración por los hondos abismos que nos pueblan, sin voces impostadas ni el inverosímil falsete del tono oracular.

Profundizando en la introspección nos aguarda la "revelación profana", esto es, humana. Hay muchos mundos, sí, pero están dentro de nosotros mismos. El hombre solo, aislado en la multitud, sin dioses a los que asirse, dispuesto a desplazar la mirada poética del objeto al sujeto, a contemplar su eros y su thanatos, sus sueños, sus visiones. En el futuro quizá siga correspondiendo a la poesía un puesto singular entre las artes en esa búsqueda de la cara oculta de la identidad. Me gustaría como poeta participar, en la medida de mis fuerzas, en esa exploración.

 

a 20 de Julio de 2000

 

 

NOTAS.-

Cuadro de texto: 

Hélice, Nº 14, Enero de 2001

 

poética

Cuadro de texto: artículos

La secularización no es la destrucción del sujeto, sino su humanización. No es sólo desencantamiento del mundo, es también reencantamiento del hombre.

     Alain Touraine, Crítica de la modernidad

Reencantar el Mundo:

para una poética en marcha

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