Cuadro de texto: críticas: 
No se trata de un juego

El hábito del misterio

Prólogo a la 2ª edición (selección)

 

Andrés Neuman

 

I

 

La trabajada relojería de estas piezas, su voluntad de funcionar al unísono a la hora de transmitir emociones, o su gusto por el efecto sorpresa que invierte las agujas y asombra a los lectores, todas ellas son cualidades propias del cuento moderno. Hay quien, incluso, se ha preguntado alguna vez por qué Eduardo García no se ha decidido nunca a escribir cuentos. Bien pensado, la respuesta es sencilla: ¿acaso no los ha escrito ya? ¿No es posible encontrar en No se trata de un juego excelentes piezas narrativas, auténticos cuentos fantásticos en verso, e incluso originales reescrituras de relatos clásicos?

Si no me equivoco, Eduardo García es el único poeta fantástico con el que cuenta la nueva poesía española. Suele sostenerse que en ella viene dándose una suerte de giro reflexivo, un viraje hacia el pensamiento; puede ser, pero cabe recordar que existen muy variadas maneras de reflexionar: con los ojos abiertos (tendiendo al realismo), con los ojos cerrados (inclinándose por la abstracción), o bien entrecerrándolos. Y esta última opción es, creo, la que ha preferido una parte muy significativa de nuestra joven poesía para volver a pensarse. No me refiero a simples parentescos de estilo, sino más bien a miradas afines, a perspectivas cercanas. Dentro de este renovado interés por la percepción que vienen mostrando los autores recientes, desde la intuición simbolista de Luis Muñoz a las búsquedas visionarias de Antonio Lucas o Carlos Pardo, pasando por las perplejidades ópticas de Lorenzo Oliván, Eduardo García se ha encargado de recuperar cierta épica de lo fantástico.

“Me gusta ver brotar el prodigio con naturalidad, en escenarios reconocibles: un suceso mágico que estalla en plena apariencia de realidad”, escribió Eduardo García en La generación del 99, la antología de José Luis García Martín. Este principio poético coincide, en lo esencial, con la mirada entre cotidiana y extraordinaria que proponen los narradores fantásticos contemporáneos. Tanto en ellos como en los poemas que nos ocupan, la magia guarda sus rutinas, sus mecanismos de transición, sus disimulos. Algunos de sus procedimientos más frecuentes son la inversión de los órdenes, el juego con las fronteras y, en definitiva, las interrogaciones acerca de lo Otro; es decir, del reverso de la razón utilitaria. Lo atractivo de esta poética es, entonces, que en su mismo corazón se funden una tradición literaria y una tradición filosófica. Se trata, al fin y al cabo, del proyecto romántico de Novalis, Schelling o Schlegel, de acceder al ser a través de la estética, la ambición de fundir poesía y pensamiento. Algo parecido sucede con estos textos, y también -por una vez- con la propia formación de su autor: además de poeta, el otro oficio de Eduardo García es la enseñanza de la Filosofía. Los poemas de Eduardo García suelen transcurrir en un  escenario dividido entre razón e imaginación, pero su búsqueda final apunta a superarlo, a trascender sus límites. O, cuando menos, a confundirlos. A confundir por un momento, en un juego de manos, los horizontes del lector.

Razón que observa, e imaginación que descubre; la experiencia argumenta, mientras el deseo escapa. El acceso a otros ámbitos puede tener lugar mediante la palabra, que concilia los opuestos. O que tal vez nos hace ver que en rigor no existían tales oposiciones. Eso que llamamos realidad y aquello otro que denominamos ficción son intercambiables. Se trata, al fin y al cabo, de la ambigüedad fantástica, de la eterna mariposa de Chuang-Tzu. La idea poética deja un rastro de luz sobre la oscuridad, abre un túnel subterráneo. Y, como nos recuerda Cortázar, la pregunta insaciable del lenguaje literario “tiene la característica propia del túnel; destruye para construir”, anula las certezas para enseñarnos un camino nuevo. La técnica del túnel es común a la filosofía, al psicoanálisis y a la poesía. Eduardo García es filósofo, poeta y, me consta, un entusiasta de Cortázar. E, igual que el fascinado observador de la pecera en el cuento “Axolotl”, algunos personajes suyos quisieran traspasar ese umbral que conduce hacia otro estado de consciencia, ser carne imaginada.

 

         Ya no voy a fingir. Hoy es el día.

         Esta noche nos vemos para siempre.

         Cruzaré en un descuido la pantalla.

         Me quedaré contigo al otro lado.

 

Alienta pues esta poesía la fe en que de este lado hay otras partes, caras insospechadas de la realidad que se ocultan, como pequeños prodigios, en nuestra realidad.

Y, al respecto de realidades secretas, vale la pena regresar a otro artista al que Eduardo García admira especialmente: René Magritte, un pintor pensador. A nuestro poeta podrían aplicársele con naturalidad las palabras que escribió Marcel Paquet sobre el que fue, sin duda, uno de los artistas plásticos más literarios del siglo veinte: “De la misma manera  que Stevenson, quien conjuga con maestría sin igual realismo y romanticismo, descripción sobria y relato fantástico, Magritte conmueve la base de la percepción ordinaria haciendo intervenir inopinadamente elementos irreales” (René Magritte. El pensamiento visible). “Nuestro intelecto comprende ambas cosas, lo visible y lo invisible. Mi propósito -declaró el propio Magritte- es hacer visible el pensamiento”. No muy distinta sería la descripción del lenguaje mixto de Eduardo García. […]

 

La puerta es uno de los símbolos más característicos de la tradición fantástica y su afán de traspasar umbrales. Podríamos insistir en Cortázar, en Magritte, en Poe. Pero nos quedaremos con “Ese túnel de puertas que se cierran” de Eduardo García. Se ha hablado muchas veces del túnel del tiempo, pero no siempre se recuerda que un túnel está siempre hecho de tiempo, es el tiempo en sí mismo: al emerger del otro extremo, ya no soms los mismos.

         Entonces somos otros. O el otro que ya somos, que seremos. No se trata de un juego se abre, nunca mejor dicho, con una variante de la puerta: la ventana. Aunque en “Un hombre mira a otro en la ventana” esa variante adquiera un carácter metapoético, seguimos instalados en el ámbito de la otredad.

 

         Un hombre mira a otro en la ventana;

         a otro hombre sentado junto a otra

         ventana silenciosa,

         su mirada en la página...

 

¿Por qué será que en estos pasadizos entre realidad y ficción suena siempre una amenaza? Lo explicó Borges con admirable agudeza: cuando sentimos que un personaje o un cuadro cobran vida, cuando leemos que en Hamlet se representa Hamlet o que Don Quijote conoce la existencia del Quijote; cuando asistimos, en fin, a cómo un personaje pasa a formar parte de nuestra realidad, entonces nos asalta el terror súbito de que nosotros seamos apenas una lograda ficción. Este descubrimiento, cuya ambigüedad es tan antigua como la propia literatura fantástica, nos libera y nos pesa, nos salva y nos tortura:

 

         ...te atormento hilvanando palabras,

         permitiendo a un extraño hablar dentro de mí.

 

Pero no siempre yo es otro. A veces yo soy yo, y el poeta se confiesa. Dentro de ese libro en fugas que es No se trata de un juego, se halla también una vertiente más sincera o más de acá, de este lado cercano. Dice el latín que uno de los significados de sincero es el de algo “sin alterar”. Entonces sincerarse sería regresar al primer yo, dejar de jugar a ser un alter, otro. Dicha vertiente ha permitido algunos de los poemas más conmovedores de este libro: “Cálculo de probabilidades”, “De profundis”, “Al fondo de la escena” o el breve “Nada”.

 

II

 

El filósofo Eduardo García también parece saber, o sentir, que algo hay de incompleto en la poética de la razón, y que para terminar de encender la llama se hace necesaria la razón poética: “Reivindico para la poesía el aluvión de connotaciones de la palabra misterio, tan devaluada por el uso sacralizador de la tradición y el culto contemporáneo a la eficacia... Un poeta actual es un resistente que actúa en las fisuras de la mentalidad instrumental” (Hélice, nº 14, 2001). Eso es un poeta, o un artista en general: asombrosamente afín resulta la idea de Marcel Paquet, cuando escribe que la pintura de Magritte “es una venganza de la poesía contra el poder de la técnica ciega, una venganza del pensamiento filosófico, del pensamiento que no cesa de interrogar, en contraste con las firmes certezas y dogmas de cualquier género”.

         De notable inclinación latinoamericana en sus lecturas, pareciera haber un destino fronterizo prefigurado en nuestro poeta: nacido en São Paulo pero criado en España, cuando Ángel Vivas le pregunta por la poesía española reciente (Muface, Septiembre de 1998), Eduardo García ilustra su respuesta con una cita de Juan Rulfo. Es decir, con las palabras de un mexicano que, por añadidura, practicó una literatura mestiza, una narrativa poética. […]

 

Incluso cuando juega, este libro no busca el sentido del humor: en él se juega en serio. En esto último, su ludismo se aproximaría menos a Cortázar que al narrador peruano Julio Ramón Ribeyro, quien observando los juegos de su hijo anotó en su diario: “El estado de ánimo que lo conduce a sus juguetes es similar al que me sienta frente a mi máquina: insatisfacción, aburrimiento, deseo de ceder la palabra al otro o los otros que hay en nosotros mismos, asumir nuestras personalidades ovulares o rechazadas y darles momentáneamente vida, a fin de cuentas desdoblarnos o multiplicarnos en el espejo de nuestra fantasía” (La tentación del fracaso). Así las cosas, tal vez el único signo claro de pertenencia a la tradición poética española reciente sea su técnica, su ritmo y su dicción, que se aproximan más a los cánones formales clásicos que a la tendencia experimental de la tradición hispanoamericana contemporánea.

Existe la común impresión de que nuestra joven poesía viene maniobrando un ensanchamiento -algunos pensarán incluso que una huida- del realismo; hablamos del realismo como lógica, pero también como enfoque lingüístico. Dentro de este fenómeno, Eduardo García vendría a situarse entre la derivación reflexiva y la derivación irracionalista

 

         soy frágil en tus manos, soy papel,

         y cuando el mar se arroja y se retira

         siento el furor callado de las constelaciones,

         la huida de las fieras en el jardín en llamas,

         el clamor de las aves si amanece,

 

acaso con predominio o gobierno de la primera. Al fin y al cabo, no de otro modo ha solido componerse el mejor surrealismo español, como en su momento señalara Lorca.

Nunca se insistirá lo suficiente en que, la entendamos como la entendamos, la realidad se construye o se completa a partir del individuo. Si sostuviéramos que lo real es exterior e independiente de nuestras conciencias, dicha realidad se vería de todos modos alterada según quién la observase, en la medida en que nuestras percepciones, experiencias y prejuicios nunca son idénticos; asimismo, si lo real se alojase dentro de nosotros, es obvio que su verbalización diferiría en cada caso. Esta larga discusión que ha venido manteniendo la Filosofía, de raíz tan sencilla como misteriosa, nos sirve para recordar cómo, en el arte, el llamado realismo también se hallará siempre en entredicho.

Nerval afirmó que nada de lo que pueda imaginar el ser humano deja de ser real, en este mundo o en los otros; la Alicia de Carroll gustaba empezar a hablar diciendo: “Supongamos...” Eduardo García, por su parte, explica que su noción de realidad “se ha dilatado hacia los territorios interiores”, reivindicando así la capacidad de la poesía para “abrir los ojos a la realidad de lo imaginal” (Hélice, nº 14, 2001). La poesía, como supieron Juarroz o Wallace Stevens, puede ser un fascinante experimento con los límites; el poeta trabaja para cuestionarse los límites de su realidad, sea cual sea ésta.

Los poemas de Eduardo García están poblados de seres que van o vienen del trabajo, que esperan en un café o caminan por la calle. Todo ocurre en una ciudad “que es todas las ciudades y ninguna” y que, secretamente, “configura un espacio mítico donde todo es posible” (La generación del 99). De este modo, es en estos escenarios inmediatos donde suceden los prodigios, se desatan las mareas o se encienden las llamas. Nuestro poeta lo ha llamado reencantar el mundo; un modo, como cualquier otro de nombrar la voluntad de repasar el pensamiento mítico sin perder un ápice de lucidez ni de conciencia. En otros momentos, con ecos de Rubén Darío y Benjamin, lo ha denominado también revelación profana.

Se trataría, como muy bien apuntaba Eduardo García en Hélice, de distinguir el ritual del simple culto. No muy distinto debió de ser lo que Cortázar -a quien nadie podrá acusar de beatería- denominó humanismo mágico: “Humanismo mágico, el surrealismo niega todo límite razonable... El surrealista parte de que la visión pura revela ese paraíso; ergo el paraíso existe y sólo falta habitarlo... Pero surrealistas y existencialistas -poetistas- reafirman con amargo orgullo que el paraíso está aquí abajo, y rechazan la promesa trascendente, como rechaza el héroe el corcel para la fuga” (Teoría del túnel).

 

III

 

Más que un modo de irse, entonces, se trataría de inventar un modo de habitar profundamente. Y ése es un punto que, con más o menos intención, varios críticos han señalado a la hora de leer el presente libro: la llamada habitabilidad de sus poemas. Cuenta Eduardo García que la primera vez que escuchó esa palabra aplicada a la poesía fue en Córdoba, de boca de José Luis Amaro, y entendida como una voluntad de hacer comunicables los textos. Curiosamente, sin embargo, la idea de habitar en el poema la fundó un poeta de vanguardia, en este caso un surrealista: Louis Aragon. Esta aparente paradoja puebla de ricas asociaciones todo el campo semántico del hábitat: habitar, hábito, habitación... Y, en efecto, Eduardo García recoge ambas tradiciones cuando aborda la habitabilidad: por un lado, la surrealista o experimental de Aragon, Cortázar o Magritte, con sus habitaciones fantásticas y sus puertas desconocidas; y por otro lado la comunicativa o realista, que trabaja poéticamente con los elementos más habituales de la vida cotidiana.

Así, a través de las habitaciones y sus hábitos, enlazamos nuevamente con los límites entre lo interior y lo exterior. Y nos remite a la lógica de opuestos, inversiones y otredades que preside la poética de Eduardo García. A esos umbrales interiores que, una vez cruzados, conducen paradójicamente a lo desconocido.

En efecto, ver y fundar, describir y descubrir, realidad inmediata y realidad ficticia, son los contrarios con los que juega -muy en serio- Eduardo García, un poeta que viaja a la proa de nuestros últimos autores. Esos autores embarcados en demostrar que comunicación y conocimiento no son las dos alternativas del poeta, sino sus dos obligaciones. Poesía para alumbrar, luz con sombras. Luz necesaria, equívoca, que persigue su propio rastro tratando de sorprenderse en una esquina del poema. Mientras, el expectante lector presencia la persecución y, tal vez sin sospecharlo, está a punto de ser alumbrado...

 

         No se trata de un juego. Estoy perdido

         en anónimas calles

         de una ciudad desconocida. Voy

         buscando a un hombre que huye tras mis pasos,

         su voz, su gesto grave, su silueta

         confundiéndose, lejos, entre la multitud.

 

 

Granada, enero de 2003

 

 

Filos de conciencia

Luis Antonio de Villena

 

[…] Eduardo García, con No se trata de un juego ha movido ya, con exacta o clara decisión, las cartas o las fichas que vuelven su anterior realismo en otro más hondo, más inquietante y más trascendido. Aparentemente –en una lectura muy superficial- No se trata de un juego es un escenario o una pintura de vida cotidiana: He cruzado el umbral. Estoy en casa. Pero apenas se abre el cotidianismo, observamos que la realidad de estos poemas nunca –o casi nunca- es la exterior, la visible, sino la que ocurre en la conciencia de los protagonistas. Y que toda escena real oculta, así, otra escena interior, honda, mental, desasosegada, inquietante, turbadora u onírica que es la que, realmente, da cuerpo y sentido a un poema. […] Eduardo García ha atinado en el rumbo.

(El Mundo, 1998; recogido en Teorías y Poetas, Pre-Textos, 2000)

 

 

Cotidianidad y misterio

José Luis García Martín

 

Hay cotidianidad y misterio en los poemas de Eduardo García (Sao Paulo, 1965), un poeta que ha querido evitar “el rancio olor de la retórica” para sustituirlo por la naturalidad, la plasticidad, el afán de comunicación. No son escasos los poetas de los últimos años que se han planteado los mismos objetivos, pero pocos son los que han conseguido como él una tan engañosa transparencia. A través de sus versos, que gustan de hacer invisible su compleja elaboración técnica, vemos de otra manera la realidad de todos los días y la rara mecánica de nuestros sentimientos.

(La generación del 99, Nobel, 1999)

 

 

Edad presente

Javier Lostalé

 

En su escritura es determinante el simbolismo europeo (desde Rimbaud, Mallarmé y Baudelaire, hasta Rilke, Yeats, Eliot o Montale), y todo su discurso estético lo articula en torno a la noción de “límite”. Se trata, afirma, de traspasar el umbral entre realidad y ensoñación, entre razón e imaginación, entre cuento y poema. El psicoanálisis y su profunda relación con el fenómeno poético es también para él esencial. No en balde su poesía es una escala mediante la que desciende a la profundidad del ser en búsqueda de su identidad.

El lector asiste durante la lectura de los poemas de Eduardo García a un espectáculo que le es familiar, pues se reconoce en seres, objetos y paisajes que pueden ser los suyos. Y al mismo tiempo siente cómo lo que allí se le cuenta es traspasado por otra realidad interior: los objetos hablan, guardan el calor de tactos y miradas, el pensamiento cobra también cuerpo y, de pronto, todo se transfigura sin perder sus formas primeras, entramos en el territorio de la ensoñación. El lector cobra también conciencia poética del “otro” a través de estos poemas que, cada vez más, en Eduardo García habitan el territorio de lo irracional sin perder la toma de tierra.

(Edad Presente, Fundación José Manuel Lara, 2003)

 

 

El placer del texto

Ángel Zapata

 

Estamos ante una obra de una calidad literaria infrecuente, y ante un poeta dueño de sus recursos, que en los momentos más logrados alcanza el timbre, la textura y la intensidad de la gran poesía. […] No se trata de un juego es un libro de poesía que además cuenta historias. Excelentes historias, habría que añadir. Pequeños argumentos donde se mezclan a menudo lo real y lo inventado, la memoria más o menos ficcionalizada, y los gozos de la imaginación. Un libro escrito para durar. Y que logra renovar en sus lectores la experiencia de la mejor literatura.

(Muface)

 

 

Poesía espanhola, anos 90

Joaquim Manuel Magalhães

 

En el segundo libro los desdoblamientos ficcionales del yo (pasados y presentes, personalidades opuestas concentradas en el mismo cuerpo) se acentúan, afirmándose como un proceso constructivo central. También las breves ironías palidecen y un tono más acentuadamente melancólico comparece en sus digresiones consigo mismo, con la rutina cotidiana y con el deseado mundo de las fantasías benéficas.

Estos contrastes están bastante conseguidos. El mundo del devaneo feliz se confronta con el mundo de la realidad hostil, genera desdoblamientos en el interior del propio sujeto y produce una poesía agónica con una caerga lírica que permea las diversas duplicidades dramáticas.

(Poesía espanhola anos 90, Relógio D‘Água, Lisboa, 2000)

 

 

Eduardo García en treinta líneas

Miguel d‘Ors

 

La poesía de Eduardo García se singulariza por su afán de esclarecer con lucidez racional –no en vano el poeta es profesor de Filosofía- el mundo turbulento de las emociones. Uno de sus temas centrales es el de la identidad, que se escinde en múltiples desdoblamientos: distintos momentos de la propia existencia constituyen otros tantos yoes; el yo real se contrapone a un yo potencial, o a diversos yoes potenciales excluidos (los “yoes exfuturos” de Unamuno). Y aún hay otros desdoblamientos en que no existe ni diacronía ni enfrentamiento del acto y la potencia: “Yo soy mi cazador, yo soy la presa,/ yo soy quien me sonríe en la penumbra”, leemos una vez. […] Otro tema esencial es el de las relaciones entre el mundo real y otros mundos, ideales, identificados habitualmente con las producciones artísticas: el cine, la pintura o la poesía misma.

(Milenio, Sial, Madrid, 1999)

 

 

El poeta nos deslumbra con un riguroso entramado de simetrías y reflejos. Es en este juego de reflejos y proyecciones de equívocas identidades donde García trata de engastar los resortes de una vida abocada al desconcierto. Los poemas de este libro se conciben, por tanto, como alternativas de vida, en una exploración continua hacia el otro lado, al modo de Carroll, Aragon, Cortázar o Borges.

(Manuel Moya, Poesía por ejemplo)

 

 

[…] Tal vez lo más interesante sea ese continuo juego de planos dentro de cada poema, ese mirarse desde otra mirada, resultando en más de una ocasión un juego de reflejos en el cual un personaje surge como dos o tres voces. El lector discurre por el poema dentro de un plano de realidad y antes de que pueda apercibirse el autor nos hace cruzar a un plano onírico, a veces para dejarnos allí. La sutileza con que Eduardo García nos hace cruzar de un lado a otro es una de las mayores bazas que guarda este libro y que el autor exhibe con maestría. […] Hay aquí una decidida apuesta por el realismo onírico o mágico. Un libro en el que el lector va a disfrutar más y más a medida que aumente el número de lecturas. El resultado bien valdrá la pena, lo vale.

(Antonio Luis Ginés, Diario Córdoba)

 

 

En Reloj de Arena apostamos por Eduardo García nada más concluir la luminosa lectura de Las cartas marcadas, su libro anterior, de 1995. Ahora ya sería una apuesta sobre seguro. […] Un recorrido que nos lleva de nosotros a nosotros mismos, un viaje que no acaba nunca. Muy recomendable.

(Notas de Lectura, Reloj de Arena)

 

 

Eduardo García ha tenido la valentía de cruzar el umbral y regresar para contarlo. […] Nos sumerge en continuos ensamblajes de planos reales y de sueño, de emoción e intelectualidad, recordándonos a sus maestros: Lewis Carroll, Julio Cortázar, Borges. En todos ellos se llega a la ensoñación a partir de una visión realista del mundo, para trascender después al otro lado. [..] No se trata de un juego nos parece, por tanto, un poemario sólido y ambicioso que se apoya acertadamente en una tradición siempre vigente de realismo “mágico”. Y lo hace sutilmente, unas veces, y a bocanadas de vida, de dolor, de búsqueda existencial que el lector reconoce a cada golpe de página. Por eso nos parece una obra tan lograda.

(Joaquín Pérez Azaústre, Diario Córdoba)

 

 

Eduardo García se ha convertido con dos libros en una de las voces importantes de la joven poesía española. Entre el realismo y la búsqueda en el otro lado de la realidad, nos ofrece una atractiva propuesta poética.

(Ángel Vivas, Muface)

 

 

 

 

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