Alfredo Asensi, 2 de Febrero de 2008

 

poética

Cuadro de texto: entrevistas

La renuncia a la utopía ha sido el más grave error de la política occidental

El Día de Córdoba

 

'La vida nueva', libro con el que acaba de ganar el VI Premio de Poesía Fray Luis de León, es el nuevo hito en la intensa travesía literaria de Eduardo García, una de las principales voces poéticas de su generación.

 

   Pasan los años y pasan los versos. Nuevos estímulos, nuevas mordazas en el itinerario rotundo de la vida. Arden la memoria y las metáforas en la conciencia del poeta. Un recuerdo, un parpadeo, una nueva singladura.

 

   -  ¿A qué viaje nos invita?

 

   Invitación al viaje fue el lema con el que presenté el manuscrito al premio. Pero el título definitivo será La vida nueva. En ambos se celebra la posibilidad de una transformación personal, de un renacimiento interior. Cuando empecé a escribirlo vislumbraba el horizonte de mis cuarenta años. Me encontraba, como decía Dante, "nel mezzo del camin di nostra vita". Una edad para replantearse el futuro y el pasado. De pronto sentí que el tiempo no se extendía ya indefinidamente ante mí. En la juventud la percepción del tiempo es muy diferente. Todo puede postergarse porque se vive como si se fuera inmortal. Al llegar a la cuarentena todo cambia. Empiezas a hacer balance del pasado y te das cuenta de que todavía te quedan muchos sueños por cumplir. No hay tiempo que perder y es preciso coger el toro por los cuernos y enfrentarse a tus propias contradicciones. Algo dentro de mí gritaba a pleno pulmón: "¡Ahora o nunca!". Descubrí que pasamos media vida haciendo lo que otros desean, no lo que nosotros mismos deseamos. Es el momento de romper la baraja y poner tus propias cartas sobre la mesa. Con la familia, con el trabajo, pero también con la escritura.

      Empecé a recuperar mis sueños de adolescencia, ser fiel a mí mismo. Sentía que me había perdido en el camino. Tenía que volver a encontrarme. Me dediqué a experimentar en la escritura. Solté la mano, me atreví a traspasar los límites de la retórica realista: el distanciamiento, la construcción impoluta, la unidad métrica y tonal... Releí fervorosamente a André Breton y los surrealistas franceses, así como a ciertos poetas latinoamericanos, que siempre han estado entre mis preferidos. El resultado ha sido un giro en mi poesía, que ha ascendido varios grados en intensidad y juego de lenguaje. También hay ahora mucha más verdad existencial en mis poemas. Estaba aburrido de la poesía de la normalidad de los últimos veinte años. A los dieciocho soñaba escribir como el Lorca surrealista, como Vallejo, como Paz. He regresado en cierto modo a los orígenes, pero desde una nueva óptica, enriquecido por todo el trayecto recorrido. Se ha producido un salto en mi obra porque a la vez se estaba produciendo un proceso paralelo en mi vida. Creo que es ahora cuando empiezo a acercarme a la poesía que soñaba el adolescente que fui. Invito al lector a que emprenda un viaje similar al fondo de sí mismo, de sus propios deseos olvidados. Una experiencia de regeneración interior.

 

   -  El jurado destacó de su libro, entre otros aspectos, su vitalismo y la indagación moral que propone.

 

   - El vitalismo ha sido mi obsesión en los últimos tiempos. Vivir, abrir camino, descubrir nuevos territorios, tanto en la poesía como en el día a día. ¡Hay tantas pequeñas y grandes cosas que hasta ahora me pasaban desapercibidas! He encontrado dentro de mí fuerzas que permanecían latentes bajo un pesado lastre de costumbres y falsas obligaciones. Corté por lo sano y decidí entregarme con energía renovada a la vida. Una transformación que afectó a todas mis vertientes: al poeta, al profesor, al amante... Volví a enamorarme de la vida. Pero también de las palabras: sus vuelcos repentinos, sus hondas sugerencias. Se estaba produciendo en mí un renacimiento interior, una eclosión vital que desembocaba en los poemas. Había regresado a mí el entusiasmo.

      Este rebrotar acabó conduciéndome a una actitud ética. Uno de los acontecimientos cruciales que lo provocaron fue la guerra de Iraq. Me sentí despertar de un largo sueño. ¡Tantos años acomodándome a la realidad, diciendo sí a lo posible, renunciando poco a poco a lo irrenunciable! Renació entonces en mí la voz de la utopía. Como en el mayo francés del 68 me repetía: "Seamos razonables, pidamos lo imposible". Ahora creo que la renuncia a la utopía ha sido el más grave error de la política occidental de las últimas décadas. Se empieza pactando con los poderes económicos y se termina renunciando a un mundo mejor. Ese renacimiento vital que se producía en mí pedía a gritos un despertar también del afán humano de transformación social. Por eso la última sección, que da título al libro en su conjunto, despliega un enérgico canto a la utopía. El título del último poema, en donde desemboca el viaje que se propone al lector a lo largo del poemario, no puede ser más explícito: Para no renunciar al entusiasmo.


  
-  ¿Es su poemario más diverso en cuanto a tonos?

 

   - No podía ser de otro modo. Una vez descubrí que había vivido amordazado por reglas ajenas a mi auténtico deseo, una beligerante actitud de exploración me embargó. Desde entonces me he propuesto llegar lo más lejos que me sea posible, no pactar nunca más -ni tan siquiera inconscientemente- con el gusto de la crítica y el mercado. Devolver la escritura a un espacio de la máxima libertad. Cuando se somete la palabra a un gusto de época, prefijado de antemano -como ha venido siendo habitual en la poesía española desde los 80- se escriben libros muy correctos, pero anémicos, sin vitalidad ni desgarradura. He roto con lo que de retórico a pesar mío pudiera haber también en mis anteriores libros, para aventurarme en cuantos territorios quisiera llevarme la palabra. Es natural que desde tal actitud broten poemas en diversos registros, tonos, ritmos. Al fin me ha nacido, por ejemplo, una veta versicular, que siempre había deseado escribir. Pero hasta ahora me faltaba acertar con la actitud de libertad y el impulso vital necesarios. Quiero ahora seguir, en la medida de mis fuerzas, la estela de los grandes; recuperar la herencia de los poetas contemporáneos a los que realmente admiro. ¿Para qué acercarse al sobrio Cernuda de los últimos libros cuando podemos hacerlo al brillante surrealista de los primeros? ¿Por qué no atreverse a escribir poemas que intenten dialogar con libros como Poeta en Nueva York, Alianza y condena, Poemas humanos o Residencia en la tierra?

      Se ha desarrollado, en paralelo, la veta simbólico-visionaria de Horizonte o frontera. Pero ahora no permanezco en el límite entre realidad y ensoñación, sino que me arrojo al ensueño para navegar en aguas turbulentas. He cruzado el horizonte, la frontera, para explorar el otro lado. Un poema tiene ante todo que rebosar vida. Goce o rasgadura, nada de falsas melancolías indolentes. Por eso en mi libro hay lugar para el entusiasmo, pero también para la fragmentación del lenguaje y la quiebra del yo. La sección central es el relato de una crisis, los dolores de parto que me condujeron al fin a este nuevo resurgir. Son poemas dolorosísimos, fracturados, que hunden el bisturí en la herida de la identidad. Nuestro propio vacío, nuestra incertidumbre. Cuando Virgilio acompaña a Dante en su descenso al inframundo no vuelven sobre sus pasos hasta que han alcanzado el punto más profundo del Infierno. Sólo entonces comienzan el viaje en sentido inverso, el ascenso hacia el Purgatorio y el Paraíso. Idénticos descenso y ascensión se producen en La vida nueva. Para alcanzar la luz es preciso atravesar la oscuridad.

 

   -  ¿Existe la poesía sin misterio?

 

   - Como género sí, es indudable, como existe la cerveza sin alcohol o el zumo de tomate con el que se simula la sangre humana en las películas. Pero llamarle poesía a esas sílabas contadas es confundir el tímido chispazo de un mechero con el feroz desbordamiento de las llamas de una hoguera, el pálido simulacro con el fulgor original. La verdadera poesía quema. Es un vigoroso estimulante del espíritu; no un narcótico. Escribir poesía sin misterio es vendarse los ojos para disertar sobre los colores del arco iris. Como lo es leerla desde la misma actitud desenfocada. Si olvidamos que somos un misterio para nosotros mismos es que hemos perdido el norte por completo. Hemos fracasado como seres humanos. Somos racionales e intuitivos, soñadores y prácticos. Negar nuestra vertiente irracional equivale a renunciar a nuestra más profunda identidad. Que otros sueñen con la fórmula algebraica de la felicidad, difamando la vida al reducirla a geometría. Un poeta ha venido al mundo a explorar nuevos espacios de la intuición y el sentimiento.


   -  ¿Se reconoce en los poemas de sus inicios?

 

   -  Sí y no. Mi primer poemario fue un libro de aprendizaje. Ahora comprendo que de algún modo estaba haciendo oposiciones a poeta. Cometí el error de querer gustar a unos y otros. Por ese camino no se va demasiado lejos. Sin embargo, al releerlo descubro algunos poemas que en su momento me parecieron menores, pues rompían con el gusto de la época. Me daban la sensación de ser demasiado atrevidos. Pero en realidad era en ellos donde estaba naciendo mi voz. Fueron necesarios para ponerme en camino. A partir de No se trata de un juego todo cambió. Comenzaba a acercarme a mí mismo, a avanzar en solitario. Pero es en La vida nueva donde al fin creo haberme encontrado. Se abre en este libro una etapa de madurez, mucho más ambiciosa, más enérgica y viva. Quizá es ahora cuando empieza la auténtica aventura.


   -  ¿Qué suponen los premios en la trayectoria de un poeta?

 

   -  Es evidente que en la sociedad del espectáculo los premios generan una atención de público y crítica que impulsa la recepción de los libros. Un autor gana un premio y todo el mundo le trata como a una pequeña celebridad. Se nos inviste del aura del poeta. Pero también hay laureles que pueden atraparnos como una dentellada. Es de vital importancia que el creador no se deje engatusar demasiado por el reconocimiento público. La verdadera aventura se produce en la soledad de la creación. Es ahí donde somos libres, avanzamos en la exploración de la identidad. Si ambicionamos demasiado el destello de las cámaras podemos fácilmente perder el rumbo, empezar a escribir para ganar premios. Si caemos en la trampa, si permitimos que venza el deseo de reconocimiento sobre el de la escritura, estamos perdidos. Nace entonces un personaje mediático, pero desfallece la poesía. Por el contrario, ahora sé que un poeta ha de ser fiel tan sólo a su vocación. Sin concesiones. Sentir la poesía como una pasión irrenunciable. La obsesión de un poeta ha de ser siempre el próximo poema. Si por fortuna el reconocimiento nos alcanza justo es disfrutarlo como un estímulo para recuperar fuerzas y arrojarnos otra vez sobre el papel. Seguir siempre en marcha, confiar en las fuerzas de la vida, escuchar la voz del deseo.

 


 

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el poeta Eduardo Garcia